sábado, 21 de octubre de 2017

Recuerdo eterno

A veces, olvidar es algo muy difícil


Recuerdo la primera vez que besé a una chica. Lo recuerdo muy bien. Lo recuerdo tan bien por dos razones. Una: porque también fue la última vez. Dos: porque fue el mismo día en que murió mi padre.

No descubro nada nuevo si digo que los traumas, la mayoría de ellos al menos, proceden de la infancia. Son como los instantes de luz que se plasman a través del obturador de una cámara de fotos. La lámina oscura se abre unas milésimas de segundo. La brillante luz aprovecha esa milésima de segundo y entra en contacto con el sensor. El obturador vuelve a cerrarse. Y la imagen queda grabada para siempre. Un recuerdo eterno.

Así pues, tras vivir algún suceso horrible, que nos impacta hasta el extremo, nuestro sensor llamado cerebro recibe aquella luz llamada trauma, y permanece en nuestra mente (a menos que esta sea bondadosa y nos bloquee el recuerdo) hasta que recurrimos a un loquero o morimos.

Mi trauma en concreto pertenece al grupo que, como yo me empeño en creer, es el más demandado: el Trauma Infantil. Y no le debo de caer muy bien a mi mente, porque no tuvo la más mínima compasión conmigo, y no lo bloqueó en su debido tiempo. ¿Cuál fue su causa?, os preguntaréis. Eso os lo revelaré un poco más tarde. Pero tampoco os descubro nada si os digo que, como ya habréis imaginado, tuvo que ver con aquel mi primer beso.

Yo tenía ocho años cuando mi padre murió. Vivíamos en un chalet adosado en un pequeño pueblo de Toledo. A mis ojos, era una casa enorme. Dos plantas, jardín trasero y delantero, rodeado por un muro bajo en la parte que daba a la calle y prolongado por una valla; y otro más alto y sin valla en los costados que comunicaban con las casas de ambos lados. No teníamos piscina, pero mi padre llevaba ya unos meses planeando comprar una de esas cuyo borde se hincha de aire y luego, conforme se llena de agua, va ascendiendo hasta que está completa. Por mi parte, estaba encantado con la idea, y deseoso de ver llenarse con mis propios ojos esa peculiar piscina que solo había visto en una revista.

Cada vez que mi padre venía de trabajar por la noche, le preguntaba si había comprado la piscina. Y cada vez, me respondía con su voz amable y un tanto ronca de cansancio: «Hoy no he tenido tiempo, campeón; pero tal vez mañana tenga un hueco». Sin embargo, nunca tenía un hueco.

Trabajaba como jefe de almacén de una empresa muy grande y famosa. No recuerdo de qué hora a qué hora, pero sí que se iba de noche y regresaba de noche. Y también que la mayoría de los sábados trabajaba hasta la hora de comer.

Su aspecto agotador tras un día largo y estresante no pasaba desapercibido para un niño de ocho años como yo. Cada quilo de ese cansancio se posaba sobre sus hombros y párpados, constantemente hundidos los primeros y semicerrados los segundos.

Un gesto que nunca olvidaré de aquel hombre será la forma en que alzaba los párpados y las cejas, como si acabara de recibir un sobresalto, mientras resoplaba. A esa edad no sabía por qué lo hacía exactamente. Sabía que quería decir que estaba cansado. Pero unos años más tarde comprendí que es el típico gesto de una persona extremadamente cansada y muerta de sueño, un gesto que trata de alejar la somnolencia y el dolor de ojos. Y también comprendí la razón por la que prefería quedarse en el sofá después de cenar, viendo la tele conmigo hasta que llegaba la hora de irme a dormir, en lugar de irse a la cama. Aquellas pocas horas después de llegar de trabajar y antes de que el reloj y mi madre me enviaran al mundo de los sueños, eran los únicos momentos en los que podía estar conmigo. Los sábados por la tarde y el domingo completo libraba, gracias a Dios, pero un día y medio no es suficiente para un padre o una madre.

«Para un padre o una madre.» ¡Qué gracia me hace esa frase! Mi madre no entraría dentro de ese saco. Al menos no en ese sentido en concreto.

A mis ocho años de edad, era capaz de percibir la tensión que había entre ambos. A los siete años, sobre todo cuando llegaba al final de esa edad, ya notaba algo extraño, algo que no encajaba. Pero no fue hasta unos meses después de cumplir los ocho, cuando me di cuenta de verdad que algo iba mal. Fue algo muy lento y gradual, como digo, igual que el rumor de un helicóptero flotando en el aire, cada vez más cerca y por tanto más claro e intenso. Lo que parecía al principio un sonido constante de avión, se va convirtiendo en un gruñido palpitante, y finalmente, cuando está lo suficientemente cerca, percibimos el rítmico tucutucutucu y nos damos cuenta de que en realidad es un helicóptero. Por supuesto a mi pequeño cerebro no acudió la palabra «tensión», pero sí la sensación de que algo iba mal entre papá y mamá.

Apenas hablaban. De vez en cuando un «Hola» o un «Adiós». O un casual «¿Qué te hago de comer para mañana?». O la más famosa y la que siempre acababa con ellos a gritos: «¡¿Maldita sea, Mercedes, qué haces con el agua?! ¿Lo dejas abierto todo el santo día?». Eso ocurría siempre que mi padre leía la factura al llegar del trabajo. Imagino que lo último que le apetecía al pobre hombre era discutir. Pero os aseguro que mi madre podía sacar de quicio hasta a un muerto. Y en cuanto ella le alzaba la ceja izquierda (siempre esa delgada y refinada ceja izquierda, el gesto de mi madre que jamás olvidaré) y le miraba como si aquel hombre que tenía delante fuera una mierda de perro que se cruza por su camino, y le soltaba «Hago lo que me da la gana con el agua», se armaba la gorda. En cualquier caso, la discusión no duraba mucho. Mi madre daba media vuelta, se encerraba en la cocina a terminar de preparar la cena, y mi padre se dejaba caer a plomo en el sofá. Al rato mi madre aparecía con dos platos de comida: el suyo y el mío. Y mi padre tenía que levantarse a por el suyo si quería cenar. En más de una ocasión me ofrecía yo para traérselo, pero él siempre me decía: «Tranquilo, campeón. Tú empieza a comer».

En cuanto al trato que mi madre me dedicaba, no podía ser más opuesto al que le dedicaba a mi padre. Era increíblemente cariñosa conmigo. ¿Me tenía mimado? No exactamente. Pero mis mejillas y mi pelo recibieron muchas caricias. Mientras veíamos la tele, por ejemplo, yo entre los dos, la mujer me masajeaba el cuero cabelludo. Al igual que cuando le pedía ayuda con los deberes y se sentaba a la mesa junto a mí. Cuando me decía algo, o me pedía que hiciera cualquier cosa, me acariciaba la mejilla y me plantaba un beso larguísimo. En cuanto desaparecía de su vista, me limpiaba con el dorso de la mano, pues no soportaba la pegajosa humedad que permanecía.

Al principio se resistió a dejarme bañarme solo, pero al final logré convencerla de que ya era suficiente mayor como para lavarme sin su ayuda; eso fue a los siete años. Aun así, más de una vez entraba al baño —nunca ponía pestillo porque tenía miedo de caerme, golpearme en la cabeza y que nadie pudiese entrar a tiempo antes de morirme—, y yo me tapaba de inmediato, ruborizado como un tomate maduro. Entonces le gritaba que saliera. Y ella lo hacía sin rechistar, y sin ningún «perdón, cariño». Pensaréis que una madre así, que se preocupa tanto por su hijo, es una delicia, que es el sueño de cualquier chico. Sin embargo, al igual que percibía esa extraña tensión entre mis padres, también experimentaba una incómoda sensación con cada muestra de afecto de ella. Y en más de una ocasión, tras un beso o una caricia, los poros de la piel se me hinchaban en diminutos bultitos. Unos años más tarde, supe por qué. Eran sus ojos. Un críptico brillo que la mente del niño no supo identificar conscientemente, pero sí inconscientemente.

Y todo ello me lleva al tramo final de esta historia. Una historia que escupo en palabras veinte años después con el fin de superar el trauma. ¿Qué le vamos a hacer? Unos van al psicólogo. Otros escribimos. No sé si lo conseguiré. La verdad es que no tengo muchas esperanzas. Pero sí sé que al menos me quitaré de encima una gran parte del recuerdo, como si al narrarlo en las hojas, este quedara liberado al fin y me dejara libre.

¿Por qué ahora?, os estaréis preguntando. ¿Por qué después de veinte años? Bueno, pues porque he conocido a alguien.

Desde aquel primer beso que estoy a punto de narrar, jamás me he interesado por las mujeres, ni por los hombres. Nunca he sentido deseo sexual. Nunca he experimentado la necesidad de amar. El trauma que llevo a cuestas me ha convertido en un hombre solitario, taciturno, y asocial.

En el colegio era un niño distante, muy callado. En el instituto siempre comía el bocadillo en un rincón del patio, solo. Mis únicos amigos eran Lengua y Literatura, Matemáticas, Ciencias sociales y todo el grupo de las asignaturas; Stephen King y John Carpenter, entre otros. (Mi abuela estaba convencida de que esos dos últimos amigos terminarían convirtiéndome en un asesino.)

Los chicos del instituto no me trataban mal. Solo una vez un chaval de un curso superior me empujó por la espalda. Yo era un muchacho bastante corpulento, de modo que no perdí el equilibrio. Me giré como un torbellino, y lo agarré del cuello sin pensarlo. Apreté los dedos con fuerza suficiente como para que una burbuja de moco asomara por uno de los orificios de su nariz. Y entonces lo solté y seguí mi camino. No volvió a tocarme.

En la universidad alquilé un piso para mí solo cerca de la facultad. Mis abuelos ya habían fallecido por aquel entonces, y el dinero que me dejaron de herencia no estaba nada mal. No asistía a ninguna fiesta. No me fijaba en nadie. Solo me importaba estudiar para poder trabajar en un futuro y vivir medianamente bien. Todo lo demás, las chicas, los amigos, las fiestas, me la sudaba. Y al fin me gradué en derecho, para acabar, unos meses después, apuntado al paro. Y llevo cerca de cuatro años sin trabajar de lo mío. He estado trabajando en otro tipo de empleos, desde luego, sin embargo la mayoría temporales, y muchos de ellos como mozo de almacén. En estos casos, es inevitable que recuerde a mi padre.

El último trabajo que he conseguido es el de dependiente en un McDonlads. Y creo que desde los cinco meses que llevo sobreviviendo en la empresa con contrato temporal, he cogido algunos quilos. Lo sé, lo sé. Soy un cliché viviente. Pero así es la vida. En realidad, ¿quién no lo es? Ponte a examinar a cada persona que conozcas, y te darás cuenta de que hay más clichés vivientes de los que te imaginabas. Incluso puede que tú seas uno.

Pero vamos al grano. Fue precisamente en el jodido McDonadls donde ocurrió lo que me hizo ponerme a escribir estas letras. Donde el trauma empezó a pesarme más que nunca.

Mónica apareció por primera vez ante el mostrador del restaurante de comida rápida hace un mes. Al principio no la miré. Estaba preparando la nota de pedido digital, hundiendo el índice en la pantalla táctil. Entonces alcé los ojos, y un ligero mareo me nubló la vista. Creo que apenas se notó. Logré reponerme de inmediato. Balbuceé el mecánico «¿Qué desea?», y ella debió calarme, porque sus labios se extendieron en una media sonrisa. Eso me puso aún más nervioso, y sentí calor en las mejillas y sudor en las manos.

No trataré de describirla. El simple hecho de pensar en hacerlo ya debería ser un crimen. Algo tan inmensamente bonito no puede quedar reducido a limitadas palabras. Por lo tanto, pensad en aquello que os parece lo más hermoso del mundo, y os haréis una idea de su belleza.

Nunca en mi vida había experimentado esa sensación. Como dije, nunca me habían interesado las mujeres. El simple hecho de pensar en besarlas me producía náuseas. Sin embargo, con Mónica fue diferente. Por primera vez en mi vida, imaginar los labios de una mujer sobre los míos, no me produjo un miedo atroz.

Aquella noche apenas dormí, preguntándome si volvería al día siguiente. No lo hizo. Pero sí el mismo día de la siguiente semana, y así lo ha estado haciendo hasta ahora. En cada una de las ocasiones, yo me ruborizaba y la voz me temblaba. Y en cada una de esas ocasiones, ella se percataba. Pronto empecé a darme cuenta que era más que belleza exterior lo que la caracterizaba. Inteligencia, comprensión y simpatía eran algunas de las cualidades que había bajo aquel fascinante físico, como si se tratara de un regalo con un envoltorio precioso y en el que se sabe que lo mejor está en su interior.

Mi expresión tímida debió de gustarle a Mónica, porque siempre esperaba para que la atendiera yo, y siempre me deleitaba con aquella sonrisa ladeada que convertía mi corazón en un loco órgano desbocado. Al cuarto día de su visita, me preguntó mi nombre, y ella se presentó. A partir de entonces, los pedidos se hacían más largos, ya que entre pedido y pedido, entre día y día de la semana, me preguntaba algo distinto sobre mi vida. Y así nos fuimos conociendo. Pero no fue hasta ayer, que nos dimos los números. El mío se lo escribí en el ticket de factura. Y yo recibí el suyo tras un mensaje de ella. Cuando acabó su ensalada marca especial McDonlads y su Nestea, se levantó, y volvió a acercarse al mostrador. En ese momento yo no atendía a nadie. Y siempre con su sonrisa ladeada, me preguntó:

—¿Quieres quedar mañana?

Yo me quedé en blanco. El día siguiente era sábado, así que estaba libre. Sin embargo, no lograba decir nada. Cuando creía que todo estaba acabado, que ella se cansaría y se largaría, y aún con la mente en blanco y sin saber qué decir, mi boca tomó riendas en el asunto sin previo aviso.

—S-Sí.

La sonrisa de Mónica se ensanchó, ya no era ladeada, sino completa.

—¡Vale! —dijo—. Luego hablamos por What’sApp, o te llamo. 

Se despidió sin esperar respuesta —probablemente sabía que sería incapaz de volver a hablar— y se fue caminando como alguien que acaba de recibir una noticia muy alegre.

Ya os imaginaréis los nervios que me atenazaban al día siguiente, es decir, esta mañana. Apenas dormí por la noche, y las manos no dejaban de sudarme. ¡Era mi primera cita! ¡A los veintiocho años! ¿Qué esperabais? Muchas cosas podían salir mal. Y la que tenía más papeletas me atormentaba desde que la niebla de la conmoción se disipó segundos después de que Mónica saliera del restaurante. Pensar en otra cosa me resultaba tremendamente difícil; no obstante, por primera vez en mi vida, sentí crecer en mi interior una desconocida rabia hacia el trauma.

He dicho que muchas cosas podían salir mal, y así fue. En realidad no fueron muchas; todo el tiempo que estuvimos en Telepizza y más tarde en el cine, fue genial. Por increíble que parezca, mis nervios comenzaron a ceder, y para cuando salimos del cine, mi viejo y polvoriento temor se había esfumado de mi mente… Sin embargo, regresó en cuanto ella acercó su cara hacia la mía, con los labios preparados en un beso. Lo vi a cámara lenta, y lo que vi no fue su cara, sino la de la primera persona que me besó, y no pude hacer otra cosa que alejarme de ella, alejarme de Mónica, y salir corriendo hacia el coche, y luego hacia mi casa.

Y aquí estoy.

Llegué aquí hará dos horas. Me tumbé en la cama y me cubrí la cabeza con la almohada. Oía el móvil (Mónica llamando), pero era incapaz de dejar de pensar en lo sucedido. Me odiaba a mí mismo. Odiaba a la persona que me dio mi primer beso como nunca lo había hecho. Y sobre todo, odiaba aquel maldito trauma.

Al cabo de una hora —creo que me dormí; y el teléfono ya no sonaba—, tomé una decisión. La decisión más seria e importante de mi vida. Cogí papel y lápiz, y me puse a contar esta historia.

Y al fin llegamos a la guinda del pastel. Al tramo final. Creo que he terminado escribiendo más de lo que pensaba, pero ¿sabéis qué? Con cada una de las palabras que he dejado libres aquí, me he sentido un poco mejor. Ahora estoy casi convencido de que cuando hunda el lápiz en el punto y final, mi miedo desaparecerá. Entonces llamaré a Mónica, le explicaré todo, o mejor, le entregaré este texto, y cuando la haya leído, me aproximaré a ella, la miraré a esos hermosos ojos, y la besaré. Y ese beso será realmente el primero.

Mi padre murió a los cincuenta y ocho años, asesinado. Mi madre murió a los setenta y cuatro por un derrame cerebral, en la cárcel. Murió hace cuatro años, y ni siquiera fui al entierro, a pesar de las llamadas de mi tía, su hermana.

Cuando mi madre mató a mi padre hacía un calor espantoso. Fue una semana más o menos después de que me dieran las vacaciones de verano. Todas las ventanas de la casa estaban abiertas, tanto las de la planta de arriba como las de abajo. Era domingo y cuando me levanté de la cama, mi padre no estaba en casa. Mi madre me preparó el desayunó y en el momento en que llevaba una cucharada de cereales a mi boca, entró en casa mi padre. No podía creer lo que llevaba cogido con ambas manos.

¡La piscina! ¡Por fin la había comprado!

Me levanté de un salto de la silla, golpeé la mesa con el costado y el tazón se volcó. A continuación rodó desprendiendo la leche y los cereales por toda la mesa, hasta llegar al borde y precipitarse al suelo, donde se hizo añicos. Yo no me di cuenta; solo tenía ojos para la caja rectangular con la brillante foto de una piscina azul. Llené a mi padre de preguntas tras darle un beso: «¿Dónde la vamos a poner?». Detrás de la casa. «¿Cuánto tarda en llenarse?». Mucho, campeón. «¿Podré bañarme hoy?». No creo, habrá que esperar hasta mañana. «¿Puedo ayudarte a ponerla y llenarla?». Por supuesto, campeón.

Entonces la voz de mi madre cortó mi chorro de preguntas, como si hubiera cerrado un grifo.

—¡Mira lo que has hecho!

Yo me giré hundiéndome en el regazo de mi padre. Ella no me miraba a mí, sino a él.

—¡El niño ha tirado el tazón que le regaló mi madre! —Se trataba de un tazón con dibujos de los Looney Toons a lo largo de la superficie que mi abuela me había reglado por mi octavo cumpleaños. Me encantaban los Looney Toons, sobre todo el Corre Caminos—. ¡Serás imbécil! —Seguía dirigiéndose a mi padre—. ¡Ahora lo vas a limpiar tú y le vas a comprar un tazón nuevo! —Los gritos eran cada vez más histéricos y estruendosos—. Y tú, cariño —dijo ahora en tono más bajo pero no exento de algo oscuro—. No tengas miedo, y no te protejas con papá. Él no puede ni protegerse a sí mismo.

—¡Basta, Mercedes! —gritó mi padre al fin. Me encogí. Aun así, no me alejé de él. Por alguna razón, me sentía más seguro estando ahí, rodeado por su brazo mientras que con el otro sostenía la caja de la piscina.

—¡Dani, ven aquí he dicho! —volvió a decir mi padre, solo que esta vez gritando.

Yo no era capaz de hablar. El corazón me latía a una velocidad desconocida. En todas las discusiones ocurría eso, por supuesto, pero en esta ocasión era diferente. Era la discusión más grande que habían tenido jamás, y todo por un tazón. Recuerdo que pensé que esta sería la que acabaría con ellos divorciados, como los papás de mi mejor amigo.

Intenté con todas mis fuerzas decirle a mi madre que no pasaba nada, que no me importaba que se hubiera roto la taza, pero las palabras quedaban atascadas en la garganta.

—¡Deja al niño en paz! —le ordenó mi padre—. No quiere irse contigo. Déjale tranquilo. Dani —dejó la caja en el suelo y se agachó para mirarme con sus ojos cansados—. Ve a tu habitación, anda.

Y salí corriendo como alma que lleva el diablo… Pero mi madre me agarró de la camiseta y me tiró hacia ella como un león que acaba de alcanzar a su presa.

—¡El niño se queda aquí conmigo! —dijo, apretándome contra sus piernas. Era una mujer alta, pero yo también era un niño alto y la cabeza me llegaba a su vientre—. Quiero que vea la mierda que es su padre.

Cuando oí decir eso a mi madre, sentí un extraño mareo. Mi corazón se había subido ahora al cuello.

—¡Deja al niño en paz! —repitió mi padre—. ¡Deja que se vaya a su habitación!

Los ojos de mi padre despedían un brillo extraño que me asustó, aunque no porque temiera que me hiciera algo a mí. Ahora el recuerdo me dice que era una mezcla entre miedo y furia.

Mi padre empezó a dirigirse hacia nosotros. Respiraba muy fuerte. Mi madre no dio ningún paso atrás, pero me hizo girar hasta su espalda.

—¡El niño se queda aquí conmigo! —le espetó, aún gritando.

—Mamá —logré decir al fin—. Quiero irme a mi habitación.

—Ya le has oído, Mercedes. Déjale.

Se detuvo a escasos centímetros y se agachó. Extendió las manos hacia mí.

—Ven, campeón —me dijo en su tono cariñoso de siempre.

Y yo hice amago de ir, pero mi madre tensó como una cuerda el brazo con el que rodeaba mi cuerpo. Me hacía daño.

—Suéltale, Mercedes, ¡le vas a hacer daño!

Entonces mi padre dio un salto hacia mí, aún semiagachado. Mi madre me arrojó contra la tele, soltándome. Me estrellé contra el mueble y la espalda protestó. Las lágrimas que habían estado bailando al borde de la comisura de los ojos, al fin se suicidaron.

—¡Parad! ¡Parad, por favor! —les chillé con voz de niña y los ojos cerrados. En la oscuridad tras mis párpados, me llegó un extraño sonido, como de porcelana, y luego otro, como el sonido que hacía el cuchillo cuando mamá preparaba el pollo. Y por último, un breve gemido.

Abrí los ojos tras ese espeluznante sonido y sentí un dolor inmenso en el estómago y el pecho. Todos mis nervios quedaron paralizados por una mano enorme y helada.

Mi papá yacía en el suelo con un pedazo del tazón de los Looney Toones en el cuello. Lo vi muy claro. La cabeza de Bugs Bunny sobresalía, sonriente y con la zanahoria a medio comer. Mi padre se había llevado las dos manos ahí y se lo agarraba como si quisiera estrangularse. Las piernas se movían espasmódicamente, arañando el parqué los tacones de los zapatos, y produciendo un irritante ruido. Tanto sus manos, como su cuello y boca, estaban repletos de sangre.

La mano enorme y helada me soltó y empecé a temblar como la vieja lavadora cuando centrifugaba. Una arcada ascendió hasta mi garganta y ahí permaneció, paciente.

Con gran fuerza de voluntad, logré desviar los ojos del cuerpo moribundo de mi padre al tiempo que los zapatos dejaban de hacer ruido. Mi madre me miraba. Me miraba como siempre, como si lo que acabara de hacer fuera cualquier quehacer casero. Y alzaba la ceja, su ceja izquierda.

Justo cuando las sirenas de la policía empezaron a dejarse oír a través de las ventanas abiertas —alguien debió oír los gritos; eso no lo pensé hasta mucho después—, mi madre se movió, y comenzó a andar hacia mí. Pero aquella no era mi madre. Era una mujer desconocida. Una desconocida demasiado familiar. Y me cagué de miedo, literalmente.

Las sirenas se oían más cerca en el momento en que se agachó frente a mí, como había hecho mi padre minutos antes. Sus garras se cerraron con fuerza en mis brazos. Me miró con esa críptica mirada que me ponía la piel de gallina y con la ceja izquierda en su habitual gesto.

Y entones me besó. Me besó con tal intensidad, que mi cabeza chocó contra la pantalla del televisor y ahí permaneció mientras ella apretaba los labios asquerosamente húmedos y calientes contra los míos, cerrados a presión… Hasta que su serpenteante lengua los abrió y su saliva decidió pasarse a mi boca. La lengua se movía por mi paladar, por mis dientes, a un ritmo frenético. Yo no pensaba en otra cosa más que en mi padre, en la sangre, en el traqueteo de sus zapatos, ya desaparecido. Pero la nausea que se había detenido en la garganta momentos antes, era muy consciente de lo que estaba sucediendo, de lo que había en mi boca, de modo que perdió la paciencia y reanudó su marcha hasta el exterior. Aterrizó en la boca de aquella mujer desconocida y ella retrocedió al fin. Sin embargo, su rostro no mostraba asco; seguía igual que antes. Solo que ahora ese extraño brillo de sus ojos era más intenso. Excitación.

Permaneció unos segundos en silencio. El salón olía a mierda, a vómito, a saliva y a algo dulzón. Ahora no solo se oían las sirenas, ya muy cerca, sino también el motor de los coches.

Las palabras que escribiré a continuación se han repetido miles de veces en mis pesadillas.

—No te preocupes, cariño —me dijo limpiándose el vómito con el brazo—. Mamá cuidará de ti. Al fin estamos solos, mi amor. 



martes, 17 de octubre de 2017

Reseña "It" de Stephen King (1986)

Hola a todos, Compañeros. Hace mucho tiempo que no actualizo el blog y, a la espera de la inspiración, hoy os traigo algo diferente. Como dice el título, se trata de la reseña de la novela It, la cual he tenido el placer de leer por primera vez hace poco. Reseñar no es lo mío, pero aun así, espero que os parezca interesante. 

Sinopsis: Derry es un pueblo maldito, un pueblo en el que cada veintisiete años aproximadamente, ocurre un enorme desastre que se traduce en numerosas muertes y desapariciones, casi siempre de niños. Y aquello que lo causa es algo tan oscuro, maligno y antiguo, que solo la mente de un niño puede soportar sin descolocarse para siempre. Por ello, en 1958, tras la muerte de su hermano Georgie, Bill Denbrough decide que ha de matar al culpable. Pero no lo hará solo. Pedirá ayuda a seis de sus mejores amigos: el Club de los Perdedores. Juntos se enfrentarán al mal que late bajo el pueblo, mientras lidian, en la superficie, con un mal aún más real: el de los abusones.

Por otro lado, en 1985, asistimos al reencuentro de estos amigos, ya adultos, y a su regreso al pueblo que dejaron atrás y al que prometieron volver si el mal aún seguía vivo. 

Reseña: Aunque no me haya leído todos los libros del rey del terror (aún), sí han caído los suficientes para poder decir que It está entre los más destacables. Por algo es una de sus obras más conocidas y leídas incluso por gente a la que (no entiendo por qué) no le cae muy bien el autor.

Lo primero que destaco es su estructura. La novela, de unas 1500 páginas, está dividida en cinco partes más un epílogo, salpicadas estas partes por cinco interludios. Lo realmente destacable de esta estructura es el tono de la narración que toma en cada uno de los momentos. Así, King mezcla la tercera persona mediante un narrador omnisciente con narración en primera. También nos encontramos tanto con una narración con el tiempo verbal en pasado como en presente, mediante tipografía en cursiva. Y al mismo tiempo, compagina el momento presente con flashbacks, ligados unos a otros de una manera asombrosa. Dentro de las partes, hay capítulos con sus respectivos títulos; sin embargo, dentro de esos capítulos, hay subcapítulos en los que el autor decidió poner una especie de subtítulo, pero no en todos. Por último, se mezclan multitud de géneros. En definitiva, Stephen King escribió un libro desordenadamente ordenado, por llamarlo de algún modo. Por lo tanto, las mil y pico páginas se leen como el agua, ya que en ningún momento consigue aburrir al lector. Es una maravilla tras otra, tanto por la forma en que lo cuenta, como por lo que cuenta.

Como digo, no es solo una novela de terror, y si lo pensamos, tampoco tiene demasiado terror; diría que tiende más al horror. Pero tan pronto se está inmerso en una escena gore como que se llega al capítulo siguiente, y se emerge a una historia policiaca, o a una aventura brillante de verano y fantástica.

En los interludios, King nos cuenta, a través de uno de los personajes y en forma de diario, algunos de los mejores momentos de la novela. Es ahí donde nos describe el pueblo ficticio de Derry. Lo hace de una manera tan realista, que olvidamos que no existe y al mismo tiempo nos hace alabar (inevitablemente) la gran mente del escritor. Crea toda una historia para Derry, toda una mitología, unos cimientos que dan base firme al pueblo y a sus habitantes. Una ciudad con una historia oscura, forjada a base de violencia y sangre. Imposible olvidar el incendio del Black Spot en el que un trasunto del Ku Kux Klan incendia un punto de encuentro para soldados negros, con cientos de personas en su interior. O el asesinato por parte de todo el pueblo de una banda de asesinos y atracadores en busca y captura. O la irrupción en un bar de un leñador, hacha en mano, que hace picadillo a cuatro o cinco con los que quería ajustar cuentas, mientras el resto de los parroquianos siguen a lo suyo como si nada. Cada una de ellas tiene un elemento extravagante que la hace única y una delicia de leer debido a la brillante narración de Stephen King.

Pero esto es solo una parte de lo que convierte a It en una novela inolvidable. Por supuesto, los personajes, la sensibilidad y el buen hacer con el que King los construye, los hace únicos. Tanto los principales como los secundarios. Da igual las pocas páginas o palabras que dedique a un personaje secundario: se te quedará grabado en la mente de todos modos, como ese tal Edward Corcoran o Patrick Hockstetter, aquel psicópata que daba casi más miedo que el propio monstruo.

Si hay alguna pega que le pondría (y me duele hacerlo; aunque en realidad no es una pega) es que King siempre tiende a añadir elementos demasiado fantásticos, elementos que cuesta creer, pero claro, eso solo es mi opinión personal, infundida por lo mucho que me gusta la creación de personajes del escritor. Los hace tan realistas, tan creíbles, que cuando escribe sobre algo tan fantástico, me descoloca un poco. No digo que esté mal hecho, es solo que a mí, personalmente, no me agrada demasiado. Aun así, entiendo que para que todo ello te encaje, tienes que meterte en el mundo propio creado por King, ya que ese mundo se rige por unas reglas, y solo teniendo en cuenta esas reglas, todos los elementos fantásticos cobran sentido. Y como yo lo sé, a pesar de que me choquen un poco esos momentos, no me molestan en absoluto.

En definitiva, se trata de una novela recomendable al cien por cien, a pesar de su extensión. Yo siempre digo que no se debe temer a una novela larga. Se lee como una corta. La vas leyendo poco a poco y cuando acabe ha acabado (qué gran filósofo soy). Para leer un libro no hay que ser impaciente. Hay que saborearlo. ¿Qué más da leerte una novela corta y luego otra y luego otra, que leerte una sola novela durante un tiempo más largo? Es leer igualmente. Y como dije antes, no importa que no te guste el terror, porque lo que menos vas a encontrar en esta historia es eso, terror. 

lunes, 28 de agosto de 2017

Cómplice

A veces no es bueno ayudar...

Cómplice, me declararon. ¡Yo qué coño sabía! Solo ayudaba a mi amigo a tirar en el vertedero las bolsas negras de basura.



jueves, 29 de junio de 2017

Hazlo

Cuando la mente juega con nosotros...


Eduardo Mata llevaba cerca de media hora frente al espejo. No era capaz de comprender lo que estaba sucediendo. En realidad, nadie sería capaz de entenderlo. Durante los primeros minutos el suceso había sido aún más confuso. Pero a medida que transcurría el tiempo, esa sensación se fue desvaneciendo, aunque no sin dejar una huella, un eco profundo, como el que se vislumbra en una pizarra mil veces usada.

¿Cómo había sido posible que al mirarse al espejo no se reconociera? Era algo extraño. Por un lado, sabía que era él, pero por otro, algo no cuadraba. Había sido como cuando se ve a otra persona y se sabe que algo ha cambiado en ella: otro peinado, más maquillaje del normal, ropa nueva…

Su cerebro empezó a dar vueltas al asunto sin llegar nunca a una respuesta clara, hasta que al fin, después de media hora, todo le había parecido un sueño, y comenzó a reconocerse.

«Solo ha sido un efecto visual», se dijo.

«¿Pero tan intenso? ¿Tan… real?»

Sacudió la cabeza para alejar ese pensamiento insidioso de su mente. A continuación se echó abundante agua en la cara. Agua que debería estar fría pero que el monstruoso calor incluso a esas horas de la noche mantenía templada. Sin detenerse a secarse, apagó la luz y salió del baño. No quería volver a mirarse al espejo en al menos una semana.

Entró al salón a oscuras y se sentó en el sofá. Encendió la televisión con el mando a distancia. Estaba exhausto. Le dolían los brazos y la espalda, como si acabara de realizar un gran esfuerzo. Sudaba como un cerdo. Se levantó de nuevo y encendió el pequeño ventilador comprado en un todo a cien chino. Se quitó la camiseta y la arrojó al sofá, donde volvió a tomar asiento. Esta soltó una capa de polvo apenas perceptible. En aquellos momentos, la única iluminación de la estancia era la azulada que emitía la pantalla del televisor. Hasta el momento, Eduardo se había guiado por la claridad de la luna llena, cuya luz se filtraba a través de la ventana como si pretendiera eliminar las sombras del interior, sin conseguirlo del todo.

Tras resoplar durante un largo rato, decidió que le apetecía beberse una cerveza bien fría, y recordó que por la mañana, lo primero que había hecho había sido ir a la tienda de autoservicio Pan y Cosas a comprarlas. La sexy mujer del tiempo había anunciado que aquel día iba a ser uno de los más calurosos desde hacía varias décadas (Eduardo no hacía mucho caso a esas declaraciones, puesto que todos los años siempre era el más caluroso en décadas), y él, por cuyas venas fluía la sangre rusa de su madre, era un amante empedernido del frío, y no pretendía pasar aquella jornada sin unos buenos rubios a su alcance, como le gustaba a él llamar a las cervezas.

Al pensar en su madre, recordó el color de ojos que le pareció ver en el espejo. El cristal le devolvía la imagen de unos ojos castaños, tan marrones como la cáscara del fruto seco. Pero él había heredado el brillante azul de su madre. El oscuro cabello y la ancha frente los había heredado de su padre, Sevillano o Cevillano, como diría él, y eso no había cambiado en el reflejo, sin embargo los ojos sí, y lo recordaba con una claridad desconcertante. Todo lo demás ya le parecía producto de un efecto óptico, y apenas recordaba los cambios. Pero los ojos… Los ojos seguían flotando en la oscuridad de su mente, incorpóreos.

Volvió a sacudir la cabeza. Se dio cuenta de que estaba más cansado de lo que creía. De modo que se tomaría una o dos cervezas, y se metería en la cama.

Iba a levantarse del sofá, cuando una notica que emitían en el canal 24 horas le sobresaltó de tal manera que el corazón le dio un vuelco y pareció detenerse durante unos segundos, para luego reanudar la marcha, pero con una fuerza y una velocidad inusitadas.

El hombre que aparecía en la foto del informe del suceso y al lado del titular «El asesino ha sido identificado como Eduardo Mata» era él. Y el nombre lo confirmaba, por si tenía dudas. Las letras resaltaban, como apuntándole con un dedo, y se le clavaban en el estómago como flechas. Antes de que pudiera darse cuenta, había vomitado y sentía un regusto a cerveza, aunque no recordaba haber bebido ninguna desde aquella mañana, tras comprarlas. Y solamente había desvirgado a dos de ellas. Parte del vómito cayó sobre su pie izquierdo, enfundado en un viejo calcetín blanco. Estaba tan mareado, tan confuso, que cayó desplomado en el sofá. Al mirar de nuevo la pantalla, el presentador hablaba de otro tema.

La mente de Eduardo Mata era un caos. Un torbellino de confusión en el que solo destacaban aquellas repugnantes palabras. ¿Él? ¿Asesino? ¿De qué hablaban? ¿Qué había hecho? Había estado todo el día en casa; solo había salido a comprar las cervezas. ¿Verdad?

El corazón volvió a detenerse en su pecho. Una mano sucia lo había agarrado y evitaba que bombeara la sangre.

Durante unos instantes, se percató de que no se acordaba con exactitud de lo que había hecho aquel día. Se había levantado, había tomado el café con un poco de leche preparado la noche anterior, y había salido a comprar las cervezas. Después había regresado a casa y se había bebido dos latas para luchar contra el asfixiante calor que le había atacado al salir… Y…

«Y nada más», le dijo su vocecilla interior.

«¿Y nada más? ¿Seguro?», le preguntó otra vocecilla distinta. La mano sucia liberó el corazón y este volvió a ponerse en marcha. ¿Qué había de raro en esa voz? Algo había llamado la atención de Eduardo al escuchar esa vocecilla interior, y no era solo el mensaje… ¿Tal vez el tono?

Recostado en el sofá, iluminado por la cambiante luz del televisor y con el vómito a sus pies y sobre su pie izquierdo, realizó un enorme esfuerzo por recordar. Los dedos apretaban cada vez más las sienes, como si trataran de romper el cráneo y agarrar los pensamientos, hasta que el dolor se hizo insoportable.

Nada. A la única conclusión que llegó fue a la que necesitaba la cerveza a por la que se disponía a ir cuando la noticia lo sobresaltó. Estaba más calmado tras el pánico inicial, pero aún temblaba. Eduardo sabía que pensaría con mayor claridad después de beberse de un trago el frío dorado. Entonces podría pensar. Entonces se daría cuenta de que todo lo que estaba ocurriendo desde que se miró al espejo no era más que fruto de un inmenso cansancio…

«¿Y por qué estás tan cansado?». De nuevo aquella voz extraña. Aquella voz que no era la suya…

Antes de que el pánico volviera a apoderarse de él, se levantó de un salto. Al hacerlo, pisó el vómito, pero no le importó. Lo único que le importaba a Eduardo Mata en esos momentos era el fresquito rubio que le esperaba con los brazos abiertos en el frigorífico.

La cocina estaba frente al salón, así que lo cruzó a oscuras —solo tres pasos— y pulsó el interruptor. El fluorescente parpadeó un par de veces antes de estabilizarse. La luz blanca tiñó la atmósfera de un tono enfermizo que lejos de empeorar a Eduardo, le hizo sentirse mejor. Con la luz, todo parecía lejano, un sueño. Atravesó el espacio que le separaba de la nevera y la abrió de un tirón. Las seis latas de cervezas del pack de doce lo miraron de forma sardónica. ¿Se estaban riendo de él? Aturdido, se frotó los ojos y volvió a mirar. Sin duda, solo quedaban seis… Pero él solo había bebido dos ese día, ¿no? Debería haber diez, no seis. Cerró la puerta con un golpe. ¿¡Qué narices estaba ocurriendo!?

Entonces volvió a escuchar su nombre en la televisión. De manera incomprensible, el volumen aumentó —o eso se le antojó a él—, porque era imposible escuchar con tanta claridad el televisor teniendo en cuenta cómo lo había dejado antes de ir a la cocina.

El pánico dio paso a la irritación. De pronto no sentía miedo, sino que estaba empezando a hartarse de aquel desconcierto, y la furia recorrió sus venas para colorear su rostro.

Decidido a apagar de una vez la caja tonta, o mejor, a desenchufarla de un tirón y arrojarla al puto cubo de basura, echó a andar hacia el salón con los puños cerrados. Pero vio algo que le hizo detenerse.

Barro.

Los azulejos blancos de la cocina estaban manchados de barro reciente. Y la mayoría de esas manchas tenían la forma de una suela de bota. La respiración comenzó a acelerársele al igual que el corazón. Eduardo pensó que con unos cuantos sobresaltos más como esos, estaría muerto antes de mañana.

Cuando se hubo calmado un poco, siguió con la mirada las huellas y se preguntó por primera vez si eran suyas.

«Claro que son tuyas. ¿De quién si no? —La extraña voz interior salió a escena por tercera vez—. Van en una única dirección, y es hacia dentro de la casa. Y si hubiera alguien dentro, te habrías dado cuenta. Además… ¿no te suenan los dibujos de esas huellas?»

¿Y de dónde venían?, se preguntó Eduardo cuando la voz calló. Recorrió las manchas con los ojos cada vez más desorbitados.

Las huellas de las botas se iniciaban en la puerta del patio trasero. La vivienda consistía en un chalet de una planta, rodeado de un muro de ladrillos de hormigón que dejaba espacio tanto en la parte delantera como en la parte trasera. Un caminito de piedras rústicas unía la verja exterior con la puerta principal. Y a continuación de la verja se abría una ancha puerta automática para dar paso al coche y así guardarlo en el garaje situado en la fachada delantera de la casa. En la parte de atrás, más amplia, centelleaba la piscina de tamaño considerable bajo los rayos del sol por el día y bajo la luz de la luna por la noche. El césped bien cuidado gracias al sistema de aspersores bañaba la atmósfera de un agradable y refrescante olor.

La puerta de la cocina que daba acceso al patio estaba abierta. Alguien había entrado a toda prisa.

«¿Alguien? ¿En serio?»

—¡Cállate! —gritó Eduardo a la cocina vacía. De inmediato se arrepintió, y se sintió como un auténtico loco. ¡Pero es que no aguantaba esa voz más; cada vez le resultaba más familiar y por consiguiente más frustrante!

Dio dos pasos hacia la puerta y de repente se le ocurrió algo muy absurdo, pero que en ese momento le pareció lo más lógico del mundo.

—¿Quién anda ahí? ¡Fuera de mi casa! —advirtió en tono autoritario.

¿Se estaba riendo la vocecilla? Si seguía haciéndola caso no sabía cómo podría acabar su psique, de modo que, con la furia de nuevo sustituyendo al miedo, decidió actuar y dejarse de gilipolleces.

—Te vas a cagar —murmuró mientras retomaba los pasos hacia la puerta—. ¡Más vale que salgas ahora mismo, porque como te encuentre yo, te vas a arrepentir, cabronazo!

Qué bien le sintió llevar las riendas de su propio cuerpo y mente desde que se mirara al espejo y creyera no reconocerse. ¡Vaya estupidez!

Iba decidido a cerrar la puerta para que no pudiera salir quienquiera que se hubiera colado en su casa, luego cogería el rodillo de madera que había en la encimera y…

Se detuvo en seco, con la manilla de la puerta aferrada con su mano izquierda. Al lado de la piscina, entre esta y el muro posterior, se alzaba un pequeño montículo de tierra. No se elevaba más que unos centímetros del nivel del suelo, y la luz de las dos bombillas que había en la fachada trasera (una sobre la puerta de la cocina y otra sobre la ventana del baño) y que esperaban desde hacía un año a ser protegidas por unos farolillos que nunca llegaba a comprar, apenas iluminaba aquella zona, pero la sombra oscura que se recortaba contra el muro blanco se veía con claridad.

Antes de que su cerebro reaccionara, sus piernas iniciaron la marcha, y se dio cuenta de ello cuando se encontró, sorprendido, agachado frente al montículo.

Su mente se había convertido en un mundo blanco, un mundo vacío, como un melón hueco.

Al igual que las piernas, las manos se activaron y trabajaron sin permiso del jefe cerebrillo, y comenzaron a cavar sin descanso. Eduardo no sentía nada, ni siquiera cómo la tierra húmeda se filtraba entre sus uñas. Unos minutos después, los dedos llenos de barro se toparon con algo que no era tierra. Parecía… Parecía más bien pelo. Lejos de detenerse allí, las manos sin dueño siguieron retirando la arena, ahora menos compacta, hasta que surgió ante los ojos de Eduardo un rostro. Un rostro pálido como la mismísima luz fluorescente de la cocina, o como la mismísima luna que se miraba en la tranquila agua de la piscina. Y al instante, la piel de la cara de Eduardo adoptó la misma tonalidad. Antes de salir corriendo, solo le dio tiempo a pensar que ese era el sobresalto que le provocaría un infarto. Luego hizo un amago de levantarse, se tropezó con otro objeto a medio desenterrar que él no vio pero que era el rodillo con el que pretendía abrirle la cabeza a la persona que se había colado en la casa, gateó unos metros pataleando y dando brazadas como un potro recién nacido, y al fin se puso en pie, para a continuación entrar en la cocina. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta; nada más entrar, cruzó la estancia y se dirigió al cuarto continuo: el baño. Sin embargo, lo que escuchó en el salón le hizo retroceder.

Ya no sabía qué creer. No entendía nada. Lo que había visto en esa tumba de su jardín no podía ser cierto. Y por consiguiente, lo que decía la televisión tampoco. Todo era fruto de su imaginación. Pero ¿por qué? ¿¡Por qué, maldita sea!?

Una vez más, las noticias mencionaban su nombre y lo llamaban asesino. Cambió de canal para comprobar que nada de eso era real y la televisión le dio la razón, porque en ese otro canal, también hablaban de él. Para asegurarse, volvió a cambiar, con el mismo resultado. Presa de un terror ilógico y de una rabia peligrosa, arrojó el mando contra la pantalla Led. La imagen se oscureció de inmediato y una raja se abrió desde un lado a otro, partiéndola en dos. Las sombras se tragaron a Eduardo, quien no tardó en dar media vuelta y reanudar su camino inicial.

Con un golpe, activó el interruptor de la luz del cuarto de baño. Y se encontró de lleno con aquel rostro. El rostro que había visto en la tumba. ¿Cómo era posible? Se frotó la cara con fuerza, como si quisiera borrar esas facciones, y al volver a alzar la vista, sus ojos se cruzaron con los castaños que había visto hacía lo que se le antojaba un siglo. Pero no se quedó ahí. De pronto, las facciones comenzaron a cambiar, de los ojos marrones, a los azules, de los azules, a los marrones; de una frente ancha, a una cubierta por un cabello más rizado; de una barbilla delgada, a una con hoyuelo. Y con cada uno de los cambios, unas extrañas imágenes golpeaban en la mente de Eduardo, insistentes, como flases subliminales.

En la primera imagen vio al hombre de los ojos castaños entregando una cerveza al de los ojos azules, allí, en la cocina de su casa. Pero ¿quién de los dos era él, Eduardo Mata? Ya no lo sabía.

En la segunda imagen fue testigo de cómo el hombre de ojos castaños gritaba al de ojos azules. El de los ojos azules se defendía algo más calmado. ¿Por qué discutían? ¿Y por qué no recordaba nada de eso?

En la tercera imagen que sacudió su mente como un niño una bola de cristal con nieve dentro, el hombre de ojos castaños golpeaba con el rodillo de cocina al hombre de ojos azules, y este se balanceaba hacia la puerta abierta y caía desplomado sobre el césped, con la cabeza partida. Tras esta imagen fue cuando una de las nubes que velaban sus recuerdos quiso abrirse, dejando pasar un pequeño halo de luz. Un halo de luz en forma de nombre: Nicolás. Sin embargo, no fue hasta la siguiente, cuando recordó y comprendió del todo. Entonces todo le encajó. Entonces descubrió por qué le parecía familiar esa vocecilla interior. Descubrió a quién pertenecía el nombre de Nicolás. Y cuál era su verdadero rostro, el verdadero rostro de Eduardo Mata.

La cuarta y última imagen mostraba cómo el hombre de ojos castaños y cabello rizado que le caía sobre la frente, es decir, Eduardo Mata, él mismo, cavaba un agujero en el húmedo césped. Lo hacía con una pala que arrojó a la piscina al acabar. Luego, Eduardo Mata arrastraba el cadáver de Nicolás Hernández, hijo de un Sevillano, o Cevillano, como diría su padre, y de una mujer de origen ruso. Y por supuesto, novio de Eduardo Mata. Por último, tras enterrarlo, Eduardo corrió hacía la casa y luego hacia el baño, donde se miró al espejo y, unos segundos antes de no reconocerse, pensó aterrorizado y plenamente en shock: ¿Qué cojones acabo de hacer?

Ahora, en el presente, las facciones del rostro en el espejo habían cesado los cambios, y se mantuvieron las verdaderas de Eduardo Mata, un hombre que hacía unos días descubrió que su pareja le engañaba, y que aguantó hasta aquel para hacerle saber que conocía su secretito. El día anterior le dijo a Nicolás que cuando saliera de trabajar (Eduardo se había quedado en paro recientemente) se preparase para una noche de rubios y una maratón de la serie preferida de ambos de Anime. Era viernes, así que Nicolás podría quedarse hasta tarde, y las cervezas lo mantendrían relativamente espabilado. Pero claro, todo ello era una tapadera para la verdadera intención de Eduardo, que era revelarle que sabía que lo engañaba con otro, que el pene que vio en una foto de la galería de su móvil —que Nicolás debió olvidar borrar— no pertenecía a ninguno de los dos, sencillamente porque ninguno de los dos tenía un repugnante piercing en la zona en la que se junta la tripa y el inicio del pene…

Eduardo gritó de repente con todo el aire que le permitieron sus pulmones. No soportaba más aquella situación. El grito se quedó encerrado entre las cuatro paredes del baño…

Una vez sentados en el sofá, y tras ver un episodio completo, Eduardo lo soltó a bocajarro, sin paños calientes. El silencio y una expresión de pánico fueron las dos características que definieron al guapo de Nicolás durante un largo rato. Entonces Eduardo insistió, comentándole lo de la foto, y Nicolás se levantó y caminó —no, huyó— hacia la cocina.

Allí abrió la nevera, sacó otra lata de cerveza, y le soltó una enorme mentira:

—Es una imagen de Internet.

… Recuperado el aire que había expulsado en ese repentino grito preñado de desesperación, terror, frustración y tristeza, se miró por última vez en el espejo. Odió tanto su rostro en ese instante, que en un acto reflejo como el que le había llevado hasta el montículo de tierra y el que le había hecho cavar en ella, descargó un puñetazo contra el cristal…

—¿Una imagen de Internet? —espetó Eduardo—. ¿Y el dedo gordo del pie que se ve en un extremo de la foto también pertenece a un tío cualquiera de Internet? Por favor, Nico, ¡reconocería ese dedo entre millones de pies diferentes!

Nunca sabría decir con exactitud qué fue lo que le hizo perder por completo los estribos, qué fue lo que pulsó el botoncito que provocó que aferrara el rodillo que siempre estaba encima de la encimera, junto a la cafetera, y le asestara un potente golpe cuyo sonido seco se mezcló con el de un intenso chasquido. Nunca lo llegaría a saber con exactitud, pero si lo obligaran a responder en alguna ocasión (tal vez en una sala de interrogatorios), diría que posiblemente se tratara de la tranquilidad, indiferencia y arrogancia con la que Nicolás abrió la lata tras aquella última acusación de Eduardo.

… Uno de los pedazos afilados del espejo roto temblaba en la mano de Eduardo Mata. Lo miraba como si no existiera nada más en el mundo. Y veía sus ojos, inyectados en sangre y repletos de lágrimas. Unos ojos desorbitados  cuya expresión se acercaba a la de un demente. Unos ojos castaños, que se tornaron azules durante los segundos que tardó la voz interior de Nicolás en decir:

«Hazlo.»