martes, 11 de octubre de 2016

Bloody Mary

Conoce bien a quien traicionas...


—¿Sabéis qué significa «engatusar»?

Fran mira a sus compañeros a través del humo de su cigarrillo. Guiña los ojos para que el humo no les haga llorar, y al hacerlo, sus largas pestañas dan a estos la apariencia de estar pintados. Una mirada que le confiere un gran atractivo.

—Ya está con sus preguntitas —suelta Mario—. Ve al grano, Fran.

—¿Sabes, Mario? Por este tipo de mierdas siempre te llevo conmigo cuando hay un trabajo peligroso de cojones. Pero nunca te atraviesa una puta bala.

A pesar del tono de su voz, Fran está totalmente tranquilo; no es un hombre que se altere con facilidad. «La calma es la clave del éxito», se empeña en repetir constantemente. Con movimientos lentos como la melaza, aplasta el cigarrillo y dirige la mirada al tercer hombre que hay en aquel destartalado local.

—¿Y tú, Luis, lo sabes?

Luis, un jodido imbécil siempre con los nervios a flor de piel —excepto cuando apunta con su arma— responde con voz temblorosa.

—S-Sí, bueno… Es… Es como liar a alguien para que haga lo que tú quieras, ¿no?

—Sí, algo así. Muy bien, Luisito.

La sonrisa boba de Luis le arranca un gesto despectivo a Mario.

Antes de continuar con su charla, Fran se levanta de la mesa redonda a la que los tres están sentados, fumando, bebiendo y hablando (tres de los mayores placeres de la vida, según Fran), y se encamina hacia uno de los extremos del alargado local en el que se reúnen. Se trata de una estancia alargada cuyas paredes se han convertido en lienzos para grafitis y cuyo techo de madera está tan podrido que podría venirse abajo de un momento a otro. Fran, Mario y Luis siempre se reúnen en aquel lugar. En plena adolescencia habían creado las dudosas obras de arte que lo decoran y ahora lo utilizan para hablar de negocios. Se encuentra tras la casa de Fran, con acceso directo por la parte trasera, y hará mucho tiempo, debió de mantener en su interior la cosecha del abuelo o bisabuelo o tatarabuelo del aún inexistente Fran.

—Sabes qué significa, pero no sabes de dónde viene y quién la inventó, ¿verdad?

Abre la nevera que hay tras la barra en el extremo final del local y bebe directamente de la litrona de «Mahou».

Luis, avergonzado, baja la cabeza realizando un gesto negativo.

—Pues bien —prosigue Fran regresando a la mesa con la botella en la mano—. ¿A que os suena a gato? —Luis levanta la cabeza con una estúpida sonrisa en el rostro, realizando ahora un gesto afirmativo—. Pues eso es porque la palabra «engatusar» viene de ahí. Y por eso lo inventó una mujer.

—¿Lo has oído, Mario? Viene de gato y lo inventó una mujer —dice Luis, asombrado.

—¿Ah, sí? —interviene el aludido—. ¿Y cómo coño sabes todo eso? O mejor dicho: ¿cómo coño crees saberlo?

—¿Quién suele tener gatos? —pregunta Fran tras dar otro largo sorbo de cerveza del tío San Miguel. Y sin esperar respuesta, continúa—: Las mujeres, ¿no? ¿No se dice que el gato es el mejor amigo de la mujer, al igual que el perro el del hombre?

—Sí. He visto a hombres de dos metros que tratan a sus perros de tal vergonzosa manera —afirma Mario—, que me han entrado ganas de darles de ostias hasta dejarles el culo bien jodido. Nada de sacar la pistola y crearles un segundo ojo del culo, no; sino cogerlos con mis propias manos y dejarles la cara como si le hubiesen arrojado ácido. Menudas mariconas.

—Vaya, parece que he logrado captar tu atención.

—De eso nada; solo me resigno a escucharte. Sé de sobra que no te callarás e irás al grano. Prefiero ahorrar saliva y gastarla en una tía.

Dicho esto, Mario extrae un cigarrillo de su cajetilla «Marlboro» y ofrece a Fran y Luis, quienes aceptan encantados. Para entonces, el humo de la estancia es tan espeso, que los rostros de los tres hombres casi permanecen ocultos.

Fran enciende el cigarrillo con su Zippo plateado con forma de mujer desnuda y retoma la conversación.

—Pues bien, como iba diciendo, en mi opinión —y creo realmente en ella—, la palabra la inventó una mujer y viene de gato. Mirad, esto es lo que yo pienso. Antiguamente, las mujeres, para convencer de algo al hombre, cogían al gato, lo ponían delante de su cara, y los tiernos ojitos del animal te hacían comprarle el puto mundo si era necesario. ¿Habéis visto esos ojitos? ¿A quién coño no le remueve algo en el pecho?

—Sí, como los del Gato con Botas —replica Luis sonriendo por su acertada referencia—. Ese tan gracioso al que el Banderas le pone la voz.

—Pues yo le pegaría un tiro —comenta Mario—. O le tiraría piedras, como cuando era un chiquillo.

—Y yo te patearía ese sucio culo hasta que se te juntara con la polla —le amenaza Fran entre el humo del tabaco—. Quienquiera que haga daño a un gato, hace tiempo que vio volar su jodida humanidad.

—¿Humanidad? ¿Qué es eso?

Con esas dos preguntas retóricas, Mario rompe la ligera tensión y los tres estallan en carcajadas que hacen bailar la espesa capa de humo como si se hubiera levantado una ráfaga de aire.

—Bueno, tíos —prosigue Fran aún con la sonrisa en los labios—. Que poco a poco, como sagaces zorras que son, las mujeres empezaron a adoptar esa mirada del gato, hasta que ya no necesitaron usar al pobre animal.

Da una última calada y apaga el cigarrillo sobre la alta torre del cenicero. Luego bebe de un trago la cerveza que quedaba en la litrona.

—¿Y los hombres? ¿Cómo adoptaron esa mirada? —pregunta Luis, quien muestra un alto nivel de curiosidad e interés por la historia.

—¿Cómo va a ser, Luisito? Lo aprendieron de las  mujeres. Joder, todas las grandes cosas se aprenden de las mujeres.

Un breve silencio ahumado, mediante el cual Mario y Luis aprovechan para terminarse sus botellines y añadir una altura más a la torre de cáncer. Fran, por su parte, mira el cenicero pensativo, exhausto tras su discurso.

—Bueno, entonces ¿qué? —pregunta Mario al cabo—. ¿Qué has estado haciendo estos cinco días? ¿Has estado adoptando esa jodida mirada?

La pregunta saca a Fran de sus reflexiones como un pescador a un pez del agua.

—La he estado adoptando, claro que sí, joder.

—¿Y funcionó? —pregunta ahora Luis, inclinado sobre la mesa.

Fran posa los ojos en los de Luis con esa mirada de ojos pintados. Sonríe.

—Sí, funcionó. Funcionó muy pero que muy bien.  



*Esto es un adelanto del que será mi próximo relato largo, del cual no tengo fecha prevista de publicación. 

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