miércoles, 2 de septiembre de 2015

El Espejo (Capítulo Final y Epílogo)

¿Y si fueras el último?


16

Estuvo bastante tiempo ahí tirado. Incluso se durmió durante unos minutos, hasta que el frío de la noche lo despertó.

Nada más abrir los ojos, recordó lo sucedido en la casa de aquel hombre y se preguntó porqué se había asustado tanto. ¿Tal vez había sido por la situación en general? ¿Por aquellos esqueletos clavados en palos? ¿Por aquel mensaje escrito en la nevera mediante arañazos de un bolígrafo? ¿Por el hecho de ver por primera vez a una persona colgada de una cuerda? Todo ello tenía que ver, en parte, de eso estaba seguro, pero lo que de verdad le había hecho gritar y salir corriendo de allí era el haber comprendido que esa persona se había quitado a sí misma la vida.

El hombre echó a andar hacia ninguna parte, perdido en sus pensamientos.

Durante los últimos dos años, había visto muchos cadáveres, muchas personas muertas, ¿pero cuántas de ellas habían muerto y cuántas se habían matado a sí mismas? Para él, todas esas personas habían muerto por la enfermedad. Pero el hombre de la casa de los espantahombres no. Ese hombre se había rodeado el cuello con el extremo de una cuerda, había atado el otro a un lugar firme y se había colgado. Él no lo había visto físicamente —solo llegó a ver unos pies balanceándose como un péndulo—, pero su mente, por alguna razón, se lo había mostrado. ¿Por qué alguien haría algo así? Había leído la nota del frigorífico, y la había entendido, pero aún así no lograba comprenderlo.

Las calles de aquel pueblo no se diferenciaban demasiado de las de la ciudad. Eran más estrechas, pero el caos era el mismo o incluso peor. Contenedores caídos con todas sus tripas desparramadas sobre el asfalto. Coches oxidados con las lunas rotas. Escaparates hechos añicos y cuyos restos alfombraban la acera. Papeles por todos sitios. Y cadáveres. Cadáveres de gente que por alguna razón habían decidido salir de casa ya con la enfermedad avanzada, muriendo ahí mismo. La peste era irresistible, y el pañuelo, como de costumbre, no servía de mucho.

Vio un letrero escrito en un toldo desquebrajado y descolorido sobre la puerta de un pequeño edificio. Era una tienda. En la mochila aún llevaba algo de comida, sin embargo quería echar un vistazo. La puerta era de cristal. Estaba roto, pero entró abriendo la puerta.

Estaba anocheciendo, de modo que el interior era un mar de sombras, aunque no necesitó mucha luz para saber que se trataba de un establecimiento extremadamente pequeño y que sus estanterías estaban vacías.

—Aquí no hay nada, amigo —le comentó a El Espejo. Su voz, inconscientemente, se tiñó de un deje asustado.
Ahora, la comida que llevaba en la mochila se le antojaba demasiado poca.

—¿Crees que aún quedará comida en este pueblo? —le preguntó conforme salía de la tienda, ahora ya a través del cristal roto de la puerta. Los restos del vidrio crujieron bajo sus pies.

Cada vez estaba más oscuro.

—Lo sabremos mañana. Ahora tenemos que buscar un sitio donde dormir.

Estuvo un buen rato mirando en casas, pero en todas ellas había alguien. No necesitaba verlo con sus propios ojos; el olor era prueba suficiente de ello. Finalmente dio con una diminuta iglesia y allí decidió pasar la noche. Algo se removió en su mente en cuanto cruzó las puertas de madera podrida, algo que lo hizo detenerse en seco. Tras unos segundos de reflexión no logró dar con lo que lo había provocado y terminó de cruzar el umbral.

Tanteando la oscuridad con su mano libre se topó con el respaldo de un banco. Dejó a El Espejo sobre este y luego se tumbó con la cabeza apoyada en la mochila. Al rato se quedó dormido.

No fue una noche agradable; las pesadillas no lo dejaron conciliar el sueño tranquilamente. Y lo peor es que siempre era la misma pesadilla. Unos pies blancos y fríos balanceándose, izquierda, derecha, izquierda, derecha… Solo que esta vez sí que vislumbraba entre sombras el rostro del dueño de aquellos pies, y lo que veía lo despertaba con el corazón en un puño, la respiración acelerada y empapado en sudor.

Al tercer despertar se dio por vencido y dejó de intentar dormir, aunque para entonces ya estaba amaneciendo.

Antes de salir abrió un bote de judías y se las comió. Le ofreció a El Espejo, pero como siempre, este no respondió, y terminó con ellas él solo. Sabía que su amigo lo hacía para que él comiera más, y se lo agradecía, aún así no entendía cómo podía sobrevivir sin comer.

—¿Cómo lo haces?

Cuando sorbió el último resto de delicioso caldo, extrajo todo lo que había en la mochila, y se la colgó en la espalda de nuevo. Era un alivio para el dolor que el anterior peso le había dejado.

—Espérame aquí, ¿vale? —le dijo—. Iré más rápido si no cargo contigo, y tendré las dos manos libres. No tardaré.

Podía haberle dicho que vigilara la comida, pero no había nadie de quien protegerla.

Una vez fuera, con el corazón aún acelerado por aquella horrible pesadilla, la cabeza del hombre, como cada mañana, realizó su maquinal movimiento. En esta ocasión, el no encontrar lo que buscaba sí que le afectó, y más que de costumbre.

¿Qué le pasaba? Desde lo sucedido el día anterior su ánimo se había apagado por completo. Los espantahombres, el dueño de la casa en la despensa, la tienda vacía y las pesadillas habían abierto un agujero en el —hasta ahora— poderoso instinto de supervivencia del hombre, en su estoico carácter y estado de ánimo que el nuevo niño, el prematuro hombre, impuso desde el principio, y unas feas ideas trataban de colarse por él, aunque de momento el hombre no las percibía.

Le había dicho a El Espejo que si no se lo llevaba tendría las dos manos vacías, pero sospechaba que no le harían falta. Con esas palabras había tratado de no asustar a su amigo. Algo le decía que en aquel pequeño pueblo la comida iba a escasear. Y entonces ¿qué? No quería ni pensarlo. Ya no podía ir a ningún otro sitio. No volvería a la ciudad porque allí ya no había nada, y no había ningún otro lugar tan cercano al que llegar antes de morir de hambre.

Un extraño escalofrío trepó por su dolorida columna vertebral y se puso en marcha para ahuyentarlo. 

Un largo tiempo después, el hombre, desesperanzado por completo, dio la vuelta y regresó a la iglesia.

Había entrado en una docena de casas, todas ellas bajas y tan antiguas que estaban hechas de barro, y solo había conseguido rellenar la mochila. Al menos llenó una garrafa de cinco litros con agua del río, que pasaba a unos kilómetros por detrás del pequeño templo, tras unos árboles sin hojas y plantas silvestres que agonizaban intentado ser verdes.

Ya había amanecido del todo, de modo que el interior de la iglesia era visible. No obstante, si la puerta no estaba abierta, los rincones más alejados permanecían enterrados en penumbra.

Dejó las cosas sobre el banco en el que había dormido, fingió un tono de voz alegre para no transmitir a El Espejo su consternación y luego lo cogió para que lo acompañase en su inspección del sagrado lugar.

Las ventanas estaban altas, unos centímetros por debajo del nacimiento de las bóvedas del extremo final del edificio. Estaban sucias y descoloridas, y una de ellas tenía el cristal roto por el que se filtraba algo de luz. Al subir al altar, de nuevo algo en su mente se movió. Se trataba de una sensación familiar. Aquel lugar le recordaba a algo, y ese recuerdo luchaba por salir al exterior como un bebé al nacer.

—¿Tú lo recuerdas? —Le preguntó a El Espejo mientras miraba maravillado aquella grandilocuente decoración de la pared del fondo, llena de figuras mutiladas y madera descolorida.

A continuación se coló por una puerta lateral abierta y se halló en una diminuta habitación. Había un armario de aspecto pesado que ocupaba gran parte de la pared derecha, un mueble con cajones que había sostenido un espejo ahora sin cristal y un par de sillas. En la pared que había frente a la puerta, unas contraventanas dejaban entrar la luz. El techo era de madera y más bajo que el de las naves, y lo cruzaban varias vigas de este mismo material. Este lugar no le gustó nada en absoluto, y salió de allí cerrando la puerta tras de sí.

Se sentó en el banco junto a la comida. Situó a El Espejo sobre sus rodillas y apoyado contra el respaldo del banco que había delante. Bebió agua de la garrafa y le ofreció a su amigo. Este negó con la cabeza, así que el hombre dio otro trago más, la cerró  y le miró a los ojos, a esos ojos oscuros que ya apenas brillaban.

—¿Cómo lo haces? —volvió a preguntarle—. ¿Cómo puedes sobrevivir sin comer ni beber agua? ¿Y por qué lo haces? Ya te he dicho muchas veces que por mí no lo hagas. Para mí tú eres tan importante o más que yo. Por ahora cedo ante tu amabilidad, pero no siempre va a ser así…

De pronto, el hombre se dio cuenta de lo vacía que resultaba esa última frase, de lo falsa que había sonado, y no tuvo ninguna duda de que El Espejo también se percató de ello. Sus ojos y la sonrisa triste que esbozaba en esos momentos lo confirmaron.

—Está bien —accedió el hombre vencido—. Te diré la verdad. Creo que aquí se va a acabar todo. No sé cuándo; no sé si dentro de unos días, semanas, meses o años, pero, amigo, en este pueblo no hay suficiente comida.

Esta vez el hombre esperó una respuesta. Esta vez el hombre deseó que le hubiera dicho algo para consolarle, para demostrarle que estaba junto a él y que no lo abandonaría, pero como siempre, no lo hizo. Durante unos segundos se sintió irritado con El Espejo, pero al mirarle a la cara vio una lágrima rodando por su mejilla y comprendió que al menos él también estaba asustado. Eso le bastó, al menos por el momento, como hombro sobre el que llorar. Se inclinó hacia adelante, y lo abrazó con todas sus fuerzas.

Fue en ese instante cuando escuchó el primer disparo. Sabía que se trataba de un disparo porque ya lo había oído antes, en otra etapa de su vida que apenas recordaba. Su cerebro, como el de cualquiera, había guardado el significado de ese sonido en un archivo, y ahora podía acceder a él a pesar de no recordar cuándo fue almacenado.

Se separó de El Espejo y se levantó sobresaltado al escuchar el segundo. El sonido era débil, por lo que no debía de estar muy cerca, pero tampoco demasiado lejos.

El corazón se le aceleró, y su mente comenzó a trabajar a toda prisa. Un disparo significaba una única cosa para él. Personas. ¿Sería posible que aún quedara alguien vivo? Ignorando su incansable alarma interior, salió corriendo de la iglesia, olvidándose de El Espejo, sin dedicarle si quiera un «Enseguida vuelvo».

Al principio corrió sin saber a dónde iba, sin un rumbo fijo pero en dirección a lo que ya conocía, es decir a la zona por donde había estado buscando comida. Entonces un grito desgarrador y un nuevo disparo le indicaron la procedencia de los sonidos y giró en redondo.

Si no volvía a escuchar un nuevo ruido, se temía que no encontraría el lugar en el que estaba aquella persona y eso era lo último que quería. No podía perder la oportunidad de encontrarse con alguien ahora que esta esperanza había renacido de entre dos años de un firme convencimiento de que era el único ser humano vivo. Porque sí, ahora se daba cuenta de que El Espejo no era un ser aparte, no era una persona física. Aquellos disparos y aquel grito habían puesto en marcha la cordura del hombre, haciéndola retroceder a los dos o tres meses en los que El Espejo era simplemente un espejo cuyo comportamiento pasivo le exasperaba.

Empezaba a tener miedo y a formarse una horrible idea en la cabeza; desde el último disparo no había vuelto a oír nada. ¿Y si ese último disparo…? Pero un leve alarido ahogado lo detuvo en seco. Procedía de alguna casa a su izquierda.

Enfiló hacia esa dirección y no tardó en dar con la casa, baja y tan antigua que el barro con el que fue construida se desprendía en algunas zonas de la fachada y parecía que el tejado se vendría a abajo de un momento a otro. Supo que aquel era el lugar porque ahora alguien balbuceaba.

—¿Hola? —Hizo el gesto de llamar a la puerta, sin embargo, antes de que sus nudillos tocaran la madera astillada, con la sombra de una profunda tristeza posándose en su rostro lentamente, el hombre pensaba que no serviría de nada.

La puerta tenía una ventanilla, así que introdujo la mano y manipuló el pestillo. Se abrió con un chirriante quejido al tiempo que desde alguna de las habitaciones de la casa llegaba a los oídos del hombre un gemido preñado de dolor.

La halló en la habitación de matrimonio, tumbada en una cama completamente roja y chorreante. La escena era espantosa y el hedor tan espeso que el hombre creía que si entraba, se toparía con él como si de un muro se tratase.

Sobre la amplia cama no yacía solo la persona agonizante, sino también una niña pequeña y un hombre. Ambos muertos. El hombre se imaginó que no tendría ni rastro de pelo, pero claro, lo imaginó porque de la cabeza apenas quedaba la parte inferior. El resto era un amasijo de carne y sangre.

El hombre detuvo una amarga arcada que comenzaba a ascender por la tráquea. No podía irse, no ahora que había dado con una persona que aún vivía.

Se aproximó con cautela a la mujer cuyo brazo izquierdo colgaba de la cama —la imagen de los pies balanceándose se formó en su cerebro y la ahuyentó de inmediato— y cuya misma parte de la cara había quedado desfigurada y parcialmente borrada. Lo hizo esquivando barreños y orinales llenos de desechos humanos, de los cuales también advirtió en la cama.

Una placa salpicada de sangre que había sobre una mesilla le llamó la atención y leyó por encima algo así como «Cazador del año». No le hizo mucho caso, porque para entonces ya había llegado a la altura de la mujer, y vio lo que había en el suelo, junto a la mano temblorosa que pendía del colchón. Una escopeta. La punta del arma echaba humo y alrededor había tres casquillos.

—H-Hola —farfulló el hombre—. ¿E-Estás bien? —Era una pregunta totalmente estúpida.
Se inclinó un poco más sobre ella, con el pañuelo bien apretado contra la nariz. Observó que el único ojo que la quedaba se movía sin parar y cada vez estaba más rojo. La mitad derecha de sus labios temblaban y de vez en cuando dejaban escapar un gemido o un balbuceó que intentaban ser palabras. Aquel barboteo, ese irregular sonido, le bastó para que la compuerta que había creado su mente en el momento en que encontró a El Espejo fallara, y se abriera, derramando docenas de recuerdos que le nublaron la vista durante unos segundos. Así pues, recordó su nombre, recordó a sus padres, recordó al viejo, recordó a Nando y Mila. Recordó esa mágica sensación que solo las personas son capaces de transmitir. Esa sensación de cercanía y calidez, y el acogedor sonido de una voz distinta a la tuya…

—É-É… No… ‘o ha ‘en-ido e v- ‘ador p-pa… da hac.. hac… edlo —Los pensamientos del hombre fueron interrumpidos por aquellas palabras más claras. Y el mundo se paralizó cuando el ojo de la mujer dejó de moverse y se clavaron en los de él. Segundos después, algo agarró con fuerza el cuello de su camiseta. Por un momento fue presa del pánico, y permaneció tan paralizado como el mundo—. É- Él ‘o ha ‘enido  e va-or pa-ada hac.. hac…

Los dedos de la mano se aflojaron y esta se desplomó hacia su posición anterior. El ojo se desvió hacia el lado contrario, como si quisiera ver por última vez a la niña y al «Cazador del año» y en esa posición permaneció con expresión imperturbable.

En cuanto las garras del pánico dejaron libre al hombre, este asió la escopeta y salió a toda prisa de allí. Por primera vez, no se detuvo a mirar si había comida en la casa.

Con la cara empapada de lágrimas, recorrió las calles tan rápidamente como sus piernas le permitieron y atravesó las puertas de la iglesia sin reducir la velocidad hasta quedar clavado frente a El Espejo, sobre el banco. Ahí no tenía suficiente espacio para hacer lo que pretendía, de modo que lo arrastró al cuarto del armario y lo colocó sobre el mueble de cajones, en el mismo sitio que habría ocupado el espejo roto.

Un sepulcral silencio envolvió a la iglesia. Solo se oía la respiración del hombre, quien miraba con furia a El Espejo.

—¿Quién eres? —le preguntó a su reflejo—. ¡Dime quién eres!

No recibió respuesta.

—¡Eres un desagradecido! Yo te saqué de esa oscuridad, yo te ofrecí mi compañía y ni siquiera me dedicas una palabra. Estoy harto de que no me respondas, de que no quieras nada de lo que te ofrezco. Estoy harto de que ni siquiera me saludes por las mañanas.

El hombre levantó el arma, apuntó a El Espejo y puso el dedo sobre el gatillo.

—Pero claro, ahora sé por qué. No eres nadie; por eso no me respondes. Solo eres un espejo. ¡Solo eso! Y lo que veo en ti soy yo. ¡Yo! ¿Lo entiendes? ¡Yo soy Ayna y tú no eres nadie!

Apretó el gatillo con fuerza. El estruendo hizo temblar las vigas de madera del techo. Un agudo pitido comenzó a taladrar los oídos de Ayna. El retroceso del arma le hizo dar un paso atrás. El casquillo rebotó contra el suelo al tiempo que la bala atravesaba el cristal del espejo y lo hacía añicos en una lluvia de brillantes perlas.

Cuando la resonancia del disparo se acalló del todo y el silencio volvió a apoderarse de todo excepto de los oídos de Ayna, un miedo frío y atroz robó el alma del hombre conforme un charco de orina se iba formando alrededor de sus pies.

—¿Qué-Qué he hecho? —susurró. Se precipitó hacia el esqueleto del espejo: el marco y parte del protector posterior—. No, no puede ser, no puede ser.

Lo cogió y el ligero peso lo abrumó aún más.

—Lo siento, amigo, lo siento. ¿Qué voy a hacer ahora sin ti?

Ayna comprendió en ese preciso instante que había cometido un error. Ayna comprendió en ese trágico momento que había acabado con lo único que le impedía estar realmente solo en el mundo. Ayna se había condenado a sí mismo —matando a su propio reflejo— a vivir solo el resto del tiempo que la escasa comida de ese pueblo le permitiera. Y eso era algo que no podría soportar. Estaba absolutamente seguro.

Posó al espejo con delicadeza en el suelo, asió la escopeta, y se apuntó no sin dificultad a la cabeza. Al parecer, este era otra manera de matarse a sí mismo que hoy había descubierto.

Cerró los ojos rebosantes de lágrimas y en un espasmo de su dolorido pecho, accionó el gatillo. Esta vez, en vez de un estruendo ensordecedor, se escuchó un potente chasquido. Ayna abrió los ojos extrañado y volvió a disparar tras cerrarlos de nuevo instintivamente.

Nada.

La escopeta no tenía más balas.

¿Y ahora qué?, se preguntó. Su resolución se mantenía firme.

Entonces su mente, mediante un flash, le mostró los pies balanceándose y el rostro sobre esos pies, ese rostro que había visto en las pesadillas y que le había hecho despertarse aterrado.

Su rostro.

Soltó la escopeta y miró al techo. Una viga más grande cruzaba en perpendicular a las que sostenían el tejado, de modo que quedaba un hueco entre aquella y estas. Miró alrededor buscando una cuerda o algo que pudiera cubrir su función. No vio nada a simple vista. Revisó el interior del armario y doblado pulcramente en una percha encontró algo que podría servir. Una larga bufanda de color rojo con una cruz dorada en ambos extremos.

Arrastró una de las sillas hasta el centro de la diminuta sala, se subió y al primer intento logró pasarla por encima de la viga grande. Hizo un nudo lo más arriba que pudo, y tiró de su extremo hasta que este quedó ajustado en su sitio. A continuación, tras quitarse el pañuelo de la cara y respirar hondo, se rodeó el delgado cuello con el lado que colgaba, lo anudó en su nuca, y sin pensarlo más, dedicando una mirada de resentimiento a los restos del espejo, empujó la silla con sus pies.

No tardó en morir, no sufrió; su frágil cuello se partió en cuanto la bufanda se tensó, pero fue suficiente para que un último pensamiento vagara por su mente como un último tren de recuerdos.

 Ayna comprendió en el último segundo que ese lugar mejor que este al que se refería el viejo cura no olía mal, y que ese lugar debía estar en las estrellas, en esas bajo las cuales el anciano le dijo que buscara gente.





EPÍLOGO

Los pedazos de cristal rotos de El Espejo contemplaban desde el suelo a aquel niño que se convirtió en hombre demasiado pronto, fragmentando su oscilante cuerpo reflejado.

Pero no solo contemplaba eso. Los miles de fragmentos esparcidos por el suelo reflejaban a través de la ventana aquello que la cabeza del hombre prematuro, mediante un gesto maquinal cada mañana, le hacía mirar. El cielo. Y en esta ocasión, sí que aparecía lo que había estado buscando.

Una pequeña mancha azul en medio de todo aquel cielo amarillo y enfermizo. 





AGRADECIMIENTOS

Quiero dar las gracias, en cuanto a seguidores del blog, a: Edgar K. Yerá, María Campra Peláez, Isidoro Arias Valcárcel, Ana Madrigal Muñoz, por haber seguido incansablemente esta historia desde el principio y haber comentado y compartido cada uno de los capítulos. Y a muchos otros que seguro continuarán con la lectura tras su finalización y empezarán a leerla por primera vez. 

En cuanto a la web tusrelatos.com, a: Gustavo Ruíz y Catalina T. Seguro que igualmente me dejo a gente.

Y por supuesto, a Santiago Estenas Novoa por aceptar escribir el Capítulo 4 y por su ayuda, consejos e ideas a la hora de abordar diferentes capítulos.

Por último, por su ojo avizor que divisa errores que han escapado al mío y por ser siempre el primero en leer todos y cada uno de los capítulos, a Roberto Carlos FB.

¡Gracias!


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