lunes, 11 de mayo de 2015

El Espejo (Capítulo 6)

¿Y si fueras el último?


6

—Ven, siéntate aquí, chico —le decía el hombre conforme le empujaba del omoplato—. Tendrás frío.

Ayna se dejó llevar. Se sentó cerca del fuego, de modo que veía a la mujer de perfil; esta no le quitaba los ojos de encima, unos ojos inexpresivos pero muy brillantes: las llamas dibujaban unos puntitos naranjas en las pupilas que obligaron al chico a retirar la mirada de ellos.

El hombre no se sentó; dio media vuelta y fue hacia la carretilla. El antiguo niño lo vio por el rabillo del ojo, pero no le prestó atención. Él estaba mirando el fuego sin verlo. Delante de sus ojos llorosos de nuevo estaban sus padres; esta vez no había podido evitar que los recuerdos se filtrasen en su mente. Eran recuerdos de cuando aún el mundo no era del todo peligroso —siempre lo había sido, pero todavía quedaban los suficientes suministros—. Eran  recuerdos llenos de luz, una luz mucho más intensa que la de la hoguera. Sin embargo, de repente, uno más oscuro intentó abrirse paso. Pudo ver fugazmente a su padre tumbado ya en la cama, calvo, y sin fuerzas. Y justo cuando le iba a decir algo, el hombre habló, y el recuerdo se desvaneció como una moneda entre las manos de un mago.

—¡Vaya, chico, aquí hay de todo! No sé cómo has podido empujarla con esos bracitos que tienes!

Escuchó ruido cuando el hombre comenzó a remover sus cosas.

—¡Hasta libros! ¿Qué? ¿No te parece suficiente fantástico este mundo? —Y río de un modo áspero que le provocó la tos.

—¿Por qué? —suspiró Ayna. Se enjugó las lágrimas con la manga de su fino jersey, manga que había desdoblado al caer la noche. Dejó de mirar las llamas y miró al hombre con interés. El rostro de este no era más que una mezcla de sombras y tonos naranjas, aunque de entre las sombras destacaban dos brillantes puntitos a la altura de los ojos. La curiosidad de Ayna por las palabras del hombre era tal, que ignoró el débil estremecimiento que aquellos brillos le producían.

—¿Por qué qué, chico?

—¿Por qué has dicho que este mundo es fantástico?

Los puntitos brillantes que habían desaparecido cuando el hombre volvió la cabeza para continuar rebuscando entre las cosas de Ayna, surgieron de nuevo, un poco más grandes.

—¿Acaso no sabes cómo hemos llegado a esta situación?

Ayna creía saber a qué se refería con «esta situación».

—¿Por qué el cielo ya no es azul? —preguntó con un tono entre curioso, apremiante y triste—. Mis padres me contaron que una vez fue azul, como las portadas de algunos de los libros.

—Tus padres tenían razón —convino el hombre—. Por cierto, ¿tus padres…? ¿Dónde están?
La imagen de los cuerpos inmóviles con las líneas marrones bajo la nariz se manifestó en la mente del antiguo niño. Y volvió a llorar. Ya no le importaba hacerlo. A pesar de que la mirada de la mujer le inquietaba y le obligaba a apartar la suya, se sentía a salvo con ellos, así pues, ¿para qué necesitaba al nuevo niño? Volvía a estar bajo el cuidado de unas personas mayores, ¿verdad?

—Entiendo… —comentó el hombre dejando el bote de espárragos en la carretilla y acercándose al fuego—. No te preocupes, chi… ¿Cómo te llamas?

—Ayna —dijo entre sollozos.

—No te preocupes, Ayna. Nosotros estamos aquí. —Se agachó con movimientos lentos y se sentó a su lado. A continuación, le pasó el brazo por los hombros. Olía a sudor y a algo más… Olía como sus padres, solo que menos fuerte—. Yo soy Nando, y ella es Mila. —La mujer seguía con esos extraños ojos inexpresivos pero brillantes fijos en él—. Está muy débil; la enfermedad está en una fase muy avanzada. Por eso hemos acampado aquí. Ella no podía continuar andando. Esta mañana salimos de compras… —esa palabra le hizo gracia, y volvió a toser—. Metimos lo poco que quedaba en ese carrito y regresamos. Pero a mitad del camino ella se cayó aquí mismo, como si se la hubiesen desecho los huesos de pronto, y ya no pudo levantarse. No tenía que haberla traído; pero me dijo que echaba de menos ir de compras. —Una sonrisa tierna iluminó el rostro del hombre por encima de las llamas naranjas—. Hasta ahora no habíamos necesitado salir de casa, pero la última reserva de comida que teníamos se acabó. Eso sí que era comida; la única comida buena que queda en este mundo podrido —confesó con tono soñador y apretando el hombro de Ayna. El niño, por su parte, agradeció ese caluroso apretón.

Ayna había dejado de escuchar cuando mencionó lo del supermercado. En ese momento, recordó al padre y al hijo que empujaban un carrito cuando salió corriendo de su casa. Lo que había identificado en principio como un niño, en realidad era una mujer enferma. La delgadez extrema, su diminuta estatura y el poco pelo ayudaron a confundir al chico.

Pero aquello no era lo único por lo que había dejado de escuchar. Aún había algo pendiente. Algo que había creado una curiosidad e interés en él que anulaba el hambre que había gruñido antes de ver la luz naranja e ignoraba el sueño que comenzaba a llamar a las puertas de la vigilia.

—¿Por qué este mundo es fantástico? —volvió a preguntar buscando los ojos del hombre por encima suyo y encontrándolos. Ahora los veía con claridad. A pesar de que el tono dominante era el naranja, adivinó que los ojos eran negros y la parte blanca estaba ligeramente roja—. ¿Por qué el cielo ya no es azul? 





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