viernes, 1 de mayo de 2015

El Espejo (Capítulo 4)

¿Y si fueras el último?


4

Los pasos resonaban dentro de aquella gran sala de suelo de mármol. Pensó que nunca había visto nada igual en su vida, aunque en realidad, nunca había visto nada en su corta vida. Tan solo el interior de aquella casa que ya no era suya y lo que alcanzaba su vista.

Siguió avanzando hasta el altar, dejando unos viejos bancos de madera a cada lado. Estaban desvencijados y viejos, pero aun en su mejor momento, tampoco debieron ser gran cosa. Sin embargo, al llegar al altar, no pudo evitar dejar escapar un «oh». Allí todo era dorado y brillante. Estaba limpio, y la luz que se colaba a través de las vidrieras confería a aquel espacio sagrado una atmósfera irreal.

Se acercó a una gran mesa donde estaban expuestos algunos objetos, los más brillantes de entre todos, y extendió el brazo para coger una copa de oro con piedras verdes engarzadas.

—¿Eres creyente, muchacho? ¿O un ladrón? —susurró una voz desde alguna parte.

El niño buscó con la mirada para encontrar a quien le había hablado. Era la primera vez que oía a alguien que no fueran sus padres. Se estremeció, una amalgama de sorpresa, esperanza y miedo recorrieron su cuerpo.

—Aquí, estoy aquí, no busques más —dijo la voz.

El niño vio agitarse una mano en el interior de una habitación a la que se accedía por una pequeña puerta, situada en la parte derecha del altar. La puerta estaba entreabierta y desde allí no alcanzaba a ver más allá del codo. Se acercó al quicio de la puerta y miró en el interior.

Un hombre de aspecto enfermizo estaba tumbado en un pequeño catre encajado contra la pared. Vestía un ruinoso traje negro, de un corte que no había visto jamás. El traje no era de su talla, al menos ya no lo era. Su rostro era bondadoso, o quizás resignado, pues ambas cosas pueden ser confundidas por alguien con poca experiencia en la condición humana. Su pelo gris le cubría parte del rostro desordenadamente. Sus pies descalzos estaban cubiertos de pústulas, y hacían imaginar el estado del resto de su cuerpo.

El niño, viendo el estado de aquel hombre se sintió reconfortado, sin duda no era un peligro para él. Apenas si podría mantenerse en pie. Dio un par de pasos más y tomó asiento en una silla sin brazos que estaba junto a la cama. Lo hizo con orden y en silencio. Se acomodó y se quedó mirándole. No era un experto en mantener conversaciones, así que prefirió que fuera el hombre quien dijera algo. Finalmente este recobró un poco de sus antiguas fuerzas y habló:

—¿Qué te trae por aquí, muchacho? Hace mucho que ya no viene nadie, ¿sabes? Pero ya no sé medir el tiempo. Ahora entiendo qué querían decir con el fin de los tiempos. Quizás no sea el fin de la humanidad, que queden unos pocos, pero el tiempo se ha terminado ya, eso seguro.

—¿Quiere mi reloj? —dijo el niño tras bajar el pañuelo a la altura del cuello, sin llegar a comprender las palabras de aquel hombre enfermo.

—No lo necesito, gracias. El tiempo que me queda no puede medirlo ningún reloj. Solo mi aburrimiento. Pero dime, ¿cómo te llamas?

—Ayna, señor. ¿Qué hace aquí metido? ¿Por qué no está en su casa?

—Esta es mi casa, soy el párroco de esta iglesia. Bueno, lo era, ahora ya no es una iglesia, solo mi casa.

—¿Ya no es una iglesia? ¿Por qué nadie viene a las misas? —preguntó Ayna desorientado.

—Porque ya no existe Dios. Él murió con toda esta plaga.

—Casi todos han muerto, mis padres también han muerto hace poco.

—Cuanto lo siento, Ayna, espero que ahora estén en algún lugar mejor que este.

—No sabría decirle, estaban en la cama, pero olían fatal. No debe ser un lugar muy agradable si huele así.

—Al menos sabes donde están. Eso ya es algo, yo no sé dónde está Dios. Le dediqué toda mi vida y me lo pagó así.

—¿Dios era su mujer? ¿Le abandonó?

—Jajaja —rió a pesar de los dolores que eso le provocaba—. No, muchacho, Dios era alguien poderoso, alguien que no permitiría esta barbarie. Y la única explicación que encuentro para que esto haya sucedido, es que Él no estuvo ahí para impedirlo, que Él haya muerto.

—¿Y cómo pudo morir si era tan poderoso? —preguntó Ayna.

—Tal vez lo matamos entre todos. Las personas podemos ser muy crueles, ya lo aprenderás, hijo. Más allá de estos muros, lo que te espera va a ser muy duro, lamento no poder estar ahí para ayudarte. Pero quizás pueda ayudarte en algo. Alcánzame esa bolsa que hay colgada tras la puerta.

Ayna se levantó y descolgó una mochila de cuero color marrón oscuro. Estaba hecha a mano y tenía un tacto muy agradable. Apenas si pesaba, así que no esperaba gran cosa de aquella mochila. El párroco la cogió con su mano derecha, pero a pesar del poco peso, su brazo se desplomó.

—Ábrela, yo ya no tengo fuerzas.

Ayna abrió la mochila y sacó un viejo mapa y un cuchillo, era lo único que contenía.

—Sé que no es mucho, pero te aseguro que te harán mucho bien. Llévate también la mochila, así podrás recoger cosas útiles que vayas encontrando en el futuro. Es importante estar preparado.

—Gracias, señor —respondió Ayna humildemente.

—Y ahora vete, me siento muy agotado, y tú no tienes que perder el tiempo con un viejo que se muere como yo. Yo antes hablaba con Dios a todas horas, pero ahora que ha muerto… No sé con quien hablar. Quizás tú encuentres a alguien con quien hablar por las noches, cuando solo estéis tú y las estrellas en la oscuridad.

—Intentaré seguir sus consejos. Me alegra haberle encontrado. Gracias por los regalos. —Saludó con la mano para despedirse y abandonó al hombre en su habitación. Recorrió en sentido contrario el pasillo que le había llevado hasta el altar y pisó de nuevo la acera de la calle.

Tal vez sus padres se hubieran equivocado. Fuera había gente buena, había gente con quien hablar. Solo debía encontrarla bajo la luz de las estrellas.


Capítulo escrito por Santiago Estenas Novoa



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