jueves, 16 de abril de 2015

El Espejo (Prólogo y Capítulo 1)

¿Y si fueras el último?


PRÓLOGO

El hombre hablaba y hablaba. Sin esperar respuesta. Sin esperar interrupciones. Nunca las había. Él lo sabía y no le importaba. Le gustaba hablar, y le gustaba que se le escuchara. En ese sentido, no tenía problemas, pues su mudo interlocutor era infinitamente paciente. Infinitamente paciente y calmado. El más paciente y calmado del mundo («Ja, ja. El mundo», pensó el hombre). Ya podía soltar por su boca toda la mierda que quisiera, que este no le detendría. En ese sentido, ningún problema. Pero el hombre, de vez en cuando, echaba en falta algún «¡Buenos días!» alegre, o un «¿Qué tal?» ligeramente preocupado.

Aunque eso era al principio, solo durante los dos o tres meses que siguieron al Final, solo durante los dos o tres meses que siguieron a su encuentro con el Espejo. 





1

El niño de nueve años caminaba en busca de comida arrastrando los pies bajo un cielo amarillo y enfermizo. Un cielo que hacía años que no se veía, un cielo que aquel niño no conocía de otro modo; sus padres le habían contado que una vez fue azul y brillante. Ya pocas cosas quedaban azules y brillantes. Y a ellos mismos, esto, se lo habían contado sus padres. Hacía mucho, mucho tiempo que aquella infinita cúpula no se dejaba ver tal y como es.

«Mis padres», pensaba el niño ahora sin lágrimas en los ojos, asustado pero no aterrado, porque ya habían pasado cuatro semanas desde que murieran y desde que se percatara, tras varios días en su casa esperando inútilmente que despertaran de, lo que se engañaba, un sueño demasiado largo, de que ellos ya no le dirían lo que tenía que hacer, de que ellos ya no le prepararían la comida o le harían la cama o le besarían al acostarse; siempre se encogía y se quejaba cuando su madre o su padre acercaban sus húmedos labios a su mejilla o a su frente, pero en el fondo, muy en el fondo, ahí donde aún quedaba el vestigio de una necesidad reconocida de cariño parental, el niño lo agradecía, claro que sí. Ahora, al recordarlo posaba la mano en su mejilla, añorando todo aquello. El niño se percató, después de unos cinco días en la casa, de que se había quedado solo.

En esos cinco días, comió restos de comida guardado en la despensa, en botes de conservas. También abrió algunas latas de atún, mejillones, paté, que debían de tener muchos más años que él. Aún se negaba a comer los deliciosos espárragos verdes o las sabrosas judías blancas. Sus padres despertarían de un momento a otro, ¿no?, y cuando lo hicieran, ellos calentarían el bote de judías y freirían los espárragos en el fuego.

Pero una vez finalizados esos cinco días de «no aceptar la realidad», la mente del niño decidió que había llegado la hora de cambiar al modo «aceptar la realidad», y lo hizo devolviéndole el sentido del olfato y, de algún modo, intensificando el alcance del de la vista. Por primera vez, el niño percibió el insoportable olor acre de la podredumbre, y vio las dos líneas marrones entre la nariz y los labios de sus padres, las cuales resaltaban sobre la piel blanca y ligeramente morada.

Inmediatamente, la burbuja en la que había estado envuelto el niño durante cincos días, estalló, creando un vacío en el interior del cuerpo de este que le impulsó a salir corriendo de la casa.

Avanzó entre calles llenas de cristales, trastos saqueados de tiendas con escaparates rotos, cubos de basura tumbados en el suelo, coches destrozados y otras cosas que obligaban a taparse la nariz. De pronto se notó la cara mojada; estaba llorando. Se detuvo, miró atrás y lo único que vio fue una calle vacía, vacía de personas, a excepción de un hombre y un chico adolescente que debía ser su hijo, los cuales salían de un pequeño supermercado con un carrito de la compra con comida a tres cuartos de su capacidad. Por supuesto, la comida se basaba en botes y latas de conserva de todo tipo, la única que quedaba.

No veía su casa; debía haber corrido un buen trecho, a pesar de que a él le parecieron unos segundos. Se enjugó las lágrimas, mezcladas con sudor, para ver mejor, pero nada. Su casa no estaba. El sepulcral silencio, solo roto levemente por el chirrío de las ruedas del carro, le puso los pelos de punta.

Se concedió unos minutos para llorar, agachado en medio de la desierta calzada, con la cabeza entre las rodillas. Una parte de su ser deseaba que aquel hombre y su hijo se acercaran y le ofrecieran acompañarles, pero el sonido de las ruedas cada vez estaba más lejos, hasta que desapareció por completo. Entonces el absoluto y tétrico silencio regresó. Un silencio rodeado de un calor insoportable.

Cuando el niño se dio cuenta que el agua de su cara era más sudor que lágrimas, se levantó, y sintió que la hora de lamentarse ya había pasado. Ya no servía de nada llorar, pues había velado —sin saberlo, eso sí— por sus padres mucho más de lo que habían hecho con los miembros de su familia que habían muerto, la mayoría, si no todos.

Así pues, consciente de que a partir de ahora estaba solo, decidió que lo mejor era espabilarse cuanto antes. Como su madre decía una y otra vez, de hecho era su refrán preferido: no dejes para mañana, lo que puedas hacer hoy. Se permitiría ir a su casa lo justo para coger toda o algo de la comida que aún les quedaban y algo de ropa, luego se iría de allí, no pensaba quedarse en aquel lugar (eso le haría recordarlos y le volvería débil), ni enterraría a sus padres, porque pensaba que lo mejor era que estuvieran para siempre en su propia casa, no bajo tierra.

Su madre le había contado muchas historias fantásticas cuando era más pequeño, muchos cuentos mágicos, pero también, junto con su padre, le había estado preparando para este momento; él entonces no lo sabía, pero ahora lo comprendía con claridad.

Sus padres —y él también, pensaba conforme iniciaba el regreso, de algún modo oculto en su mente, él también— sabían lo que les iba a suceder. Sabían que algún día se quedaría solo, que morirían de un momento a otro, como las demás personas. ¿Por qué ellos iban a ser diferentes?

«Porque son mis padres», dijo la voz del antiguo niño que luchaba, sin fuerzas, por imponerse al nuevo niño, al que a partir de ahora tendría que plantar cara a ese horroroso calor. A ese cielo amarillo. A la escasez de comida. A la muerte. A la soledad.








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