domingo, 26 de abril de 2015

El Espejo (Capítulo 3)

¿Y si fueras el último?


3

Desde que el nuevo niño recordarse, sus padres habían estado enseñando al antiguo niño todo tipo de cosas. No le habían dejado hacer nada; solo le enseñaban y enseñaban. Y justo unos días antes de haberse quedado dormi… —no, de haber muerto, se corrigió—… solo unos días antes de haber muerto, su padre, pues su madre apenas podía emitir unos profundos sonidos desde su garganta y asentir débilmente con la cabeza, le empezó a hablar sobre algo que ahora comprendía: la supervivencia. 

De pronto, se sintió un tanto irritado con él por el hecho de que no le hubiera explicado el significado exacto de esa palabra, por el hecho de que ni siquiera la hubiese mencionado una vez durante todas esas clases, clases que ahora, por una repentina y poderosa razón, comprendía se trataban de Clases de Supervivencia, aleccionadas por el maestro Papá y la maestra Mamá.

Él no era un chico al que le gustase usar su cerebro, y era normal, si se consideraba que durante sus nueve años de edad, sus padres no le habían dejado hacer nada sin su ayuda; jamás le habían dejado pensar por sí solo, cosa que ahora entendía. Cuando él había intentado prepararse algo para comer (solo una vez y porque tenía mucha hambre), su madre se lo impidió, y seguro que pensaba: «Ya tendrás oportunidad de cocinar, hijo, de momento, déjame a mí que te haga la comida, déjame cuidarte.» Cuando habían intentado hacer fuego por primera vez, para calentarse, su padre le cogió de la mano y le dijo: «Espera, hijo, ya lo hago yo», pensando, seguramente, lo mismo que su madre. A partir de esos primeros intentos con estas y muchas otras cosas, jamás había vuelto a tratar de hacerlo por su cuenta, y la verdad es que había estado bastante bien, reconocía.

Sin embargo, ahora, una vez solo, todo había cambiado. Ahora tendría que preocuparse él de sí mismo, y por esa razón experimentaba hacia ambos, padre y madre, una ligera exasperación. Ahora tendría que utilizar su aletargado cerebro. Tendría que despertarle, lo que le daba mucha pereza, e ir enseñándole cosas que este mismo tendría que enseñarle a él.

Tal vez ese no había sido el modo adecuado de educar a un niño que sabían iba a quedarse solo en el mundo, o al menos en la pequeña ciudad en la que vivían, pero por suerte, el instinto de supervivencia del chico había sido más fuerte de lo esperado y le había hecho evolucionar en un abrir y cerrar de ojos, convirtiéndole en el nuevo niño que era ahora, en el prematuro hombre. Ese mismo instinto de supervivencia era el que le obligaba a despertar el cerebro.

Pero no todo había quedado errónea e inconscientemente en una mala educación por parte de los padres, basada en su totalidad en la teoría y nada en la práctica, no. Durante la semana anterior a sus muertes, en las cuales apenas se levantaban de la cama, pálidos y sin pelo —su padre más calvo que su madre—, cosa que no había impresionado al antiguo niño porque estaba acostumbrado a verlo en todas las personas, su padre le había estado dando consejos más claros, tales como aprovisionarse en caso de que tuviera que dejar la casa, o evitar ser visto por otras personas, si es que aún quedaban, ya que podían tratarse de aquellas personas que ya no eran personas. Esto, por supuesto, lo había olvidado por completo cuando salió corriendo de la casa tras averiguar la verdad sobre la inconsciencia de sus padres; pero por suerte, aquel hombre y su hijo que salían del supermercado con un carrito no se habían percatado de su presencia.

Ahora, a diferencia de hacía unas horas, caminaba por la calle con más cuidado. Sin embargo, no era tan fácil pasar inadvertido, pues la carretilla era un problema que le impedía tener toda la libertad que debiera para esconderse o irse ocultando entre casa y casa.

Por el contrario, caminaba lentamente —tratando de que la rueda no chirriase demasiado— por las aceras, bajando a la calzada cuando un cuerpo de un hombre calvo, en pleno estado de putrefacción se cruzaba en su camino, o subiendo de nuevo a la acera cuando el esqueleto envuelto en un vestido hecho jirones le impedía el paso, y volviendo a bajar a la carretera cuando diminutos cuerpos de niños con alopecia prematura le hacían retirar la mirada. En esos momentos se alegraba de haberse acordado de los pañuelos antes de salir de la casa; el olor, incluso con uno de estos cubriéndole la boca y la nariz mediante un nudo realizado en la nuca, lograba filtrarse por la fina seda e introducirse sin piedad en los orificios nasales.

De todos modos, el niño sabía que era prácticamente imposible no ser visto, así que se había preparado mentalmente para dejar la carretilla —algo tan mortal casi como dejarse ver—y salir corriendo en caso de que le vieran las personas que ya no eran personas. Nunca había corrido, a excepción de cuando salió de su casa sin pensarlo, sus padres no le dejaban salir de casa a menos que fuera en el patio trasero durante unos escasos minutos; pero sabía, o más bien sentía, que si quería, podía alcanzar una gran velocidad, y más aún si se le sumaba la dosis de adrenalina que el instinto de supervivencia —o el miedo— inyectaría por todas y cada una de sus venas.

Estaba comenzando a sudar y a sentirse cansado, cuando llegó a lo que había sido su objetivo desde que saliera de casa. La iglesia. Jamás había estado allí, pero siempre había visto desde la ventana del salón aquella alta torre coronada por una cruz, una torre que ahora, desde donde se encontraba, justo debajo, era mucho más alta y grande de lo que el antiguo niño había imaginado.

El porqué fue ahí, el niño nuevo no tenía ni idea. Simplemente podría decirse que fueron sus pies quienes le llevaron, no su cerebro.

Quizá fuera por las ganas que tenía de ver aquella alta torre que se alzaba por encima de los tejados de las casas que tenía delante como si estirase el cuello para ver lo que había alrededor, y cuya parte superior llegaba a rozar las opacas y bajas nubes, nubes que debido al reflejo de un sol invisible, se veían amarillas, tiñendo el mundo de este color. Esa torre era el edificio más grande que el niño veía desde su casa, y por tanto, el edificio más grande que había visto en sus nueve años de edad. Siempre había querido ir allí y verlo de cerca. Quizá fue esa la razón de que inconscientemente fuera arrastrado hasta allí. O quizá, fue por todo lo que le había contado su madre acerca de ella y del edificio al que pertenecía.

No lo sabía, pero no dudó en empujar sus pesadas puertas e introducirse en la oscuridad. 




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