martes, 21 de abril de 2015

El Espejo (Capítulo 2)

¿Y si fueras el último?


2

Aquel antiguo niño que respondía a esa pregunta tan ingenuamente había desaparecido por completo cuatro semanas después. El de aquel día fue el primer intento de este por trepar el muro recién alzado de independencia y colarse. Pero poco a poco, los constantes pensamientos de dependencia de los padres fueron desapareciendo conforme el nuevo niño iba aceptando la situación, conforme se iba convirtiendo en un prematuro hombre.

Cuando regresó a su casa el día en el que se dio cuenta que sus padres no estaban dormidos, el día al que definió como el Final, se encontró con las puertas cerradas y sin llaves… y las ventanas enrejadas.

«¿Y ahora qué?», había pensado inmóvil frente la familiar fachada que de pronto se le antojaba lejana, lejana y desconocida. El lugar en el que creía estar a salvo, en el que creía iba a estar siempre bien, junto a sus padres, le había engañado por completo. Para el nuevo niño, aquella casa había cambiado, ya no era su casa.

«¿Y ahora qué? —repitió—. ¿Cómo entro? Tengo que coger algo de comida y ropa». El antiguo niño hizo una nueva reaparición, fugaz pero eficiente, para revelarle dos palabras con un único significado: la Ventana. El nuevo niño de nueve años comprendió de inmediato.

Rodeó la casa hasta el patio trasero y se detuvo frente a una caseta de madera situada justo contra la fachada posterior. En su concentración, con los ojos fijos en su objetivo, estuvo a punto de caer en la enorme piscina que había en el centro del patio. Suerte que sus reflejos le permitieron equilibrarse de inmediato, pues la caída habría sido de unos tres metros y llevaba mucho tiempo vacía.

La caseta tenía una puerta y una ventana a cada lado cubiertas con un plástico transparente que simulaba cristal, pero ninguna de esas era la ventana que él buscaba. No, la ventana que él buscaba se encontraba en el interior de aquella caseta de madera comprada y construida por su padre cuando los tiempos aún no eran malos del todo. No eran buenos, ni mucho menos, pero nada comparado con los que comenzaron hacía unos cuatro años. Cuando la televisión dejó de emitir, al igual que la radio e Internet; cuando la luz se fue para siempre y el agua se tenía que conseguir del río más cercano —a unos dos kilómetros—; cuando las calles empezaron a llenarse cada vez más de gente muerta.

La puerta de la caseta de madera poseía cerrojo, pero su padre nunca la cerraba con llave, pues en su interior no había nada que pudiera interesar a la gente. Había un quad eléctrico de color naranja, pero naturalmente la batería estaba descargada y no había ninguna posibilidad de cargarla. También había una herrumbrosa carretilla roja con la rueda desinflada y al fondo, sobre tres estanterías colgadas en la pared, botes con clavos, tornillos, cables y demás porquería acumulable, como decía su padre.

El niño fijó la mirada justo en ese lugar. En esas tres estanterías. Porque ahí era donde estaba la ventana que buscaba. La única ventana de la casa sin reja. Debido a los dibujos de la madera, era imposible ver las líneas que formaban el rectángulo que su padre había abierto inteligentemente en esa pared de la caseta. Tras él, había una de las ventanas de la casa. La llamaban Ventana de Emergencia. Se le ocurrió la idea a su padre, el día que intentaron entrar a la casa las personas que robaban y mataban, y las que más adelante también…, le daban ganas de vomitar solo de pensarlo…, también comían otras personas. Esto no lo había sabido el niño hasta unos días antes de que sus padres se quedaran dormidos.

Aún recordaba las palabras exactas.

«”Nunca te dejes ver por las calles. Nunca. No estamos seguros de la gente que queda, pero es probable que aún haya algunas personas malas, personas que ya no son personas, como las que intentaron entrar en casa y nosotros impedimos que lo hicieran desplegando la puerta blindada de seguridad”».

«¿Por qué son malas esas personas? —les preguntó el niño que fue antes de que fallecieran—. ¿Por qué ya no son personas? ¿Qué hacen? ¿Qué nos habrían hecho?». Y a diferencia del día del ataque, sus padres —su padre más concretamente, quien estaba muy blanco y casi calvo—, le dio una respuesta.

«”Esas personas… —vaciló—. Esas personas matan y roban la comida de los demás. Esas personas ya no son personas porque… —El hombre dudó durante un largo rato, mirando al suelo y a los ojos de su hijo. Finalmente, a pesar de ser algo que un niño de nueve años no debería si quiera imaginar, lo soltó. No le quedaba más remedio—. Porque ahora, además, también se comen a otras personas”».

Al principio no le afectó, porque ni siquiera sabía que eso se pudiera hacer, sin embargo, aquella noche tuvo pesadillas, unas pesadillas horribles cuyas imágenes habían desaparecido; no así las sensaciones. Por mucho que lo intentara, ni siquiera el nuevo niño, el prematuro hombre, lograba deshacerse de esa horrible sensación. Era difícil de definir, pero parecía como si le aplastara el corazón y le estrujara el estómago.

Efectivamente tenían láminas de acero en cada puerta (principal y trasera) y en cada ventana (menos en la de emergencia), las cuales dejaron de funcionar cuando se produjo el eterno apagón, sin embargo siempre cabía la posibilidad de que el sistema fallara incluso cuando había luz, o que alguien lograra burlar las cámaras de seguridad y abrir el cerrojo de la puerta, adentrándose así en la casa, sin que ellos se percataran. Para esos posibles casos, el padre del niño había arrancado la reja de la ventana del baño, había quitado la lámina blindada, la había escondido situando la caseta justo enfrente, pegada a la pared, y había recortado en la madera un hueco del tamaño del vano. Luego había hecho todo lo posible para ocultarlo, trabajo que realizó bastante bien con estanterías y lijado de la madera. Si alguien entraba en la casa, el modo más rápido y sencillo de escapar de allí era por esa ventana, pues las puertas siempre estaban cerradas con llaves, y las ventanas tenían las rejas.

El niño retiró los frascos que había sobre las estanterías, agarró el estante central, y tiró de él. No esperaba que el pedazo de madera pesara tanto, por lo que se vio obligado a soltarlo. Este cayó al suelo produciendo un sonido hueco. Se partió una de las esquinas, y uno de los estantes se soltó de un lado. Daba igual, pensó el nuevo niño, ya nadie va a utilizar esa maldita Ventana de Emergencia. No odiaba solo a esa casa mentirosa, sino a todo lo que había en ella. Si no necesitara proveerse, no habría vuelto allí, eso seguro.

Para romper el cristal de la ventana, arrancó el estante que se había soltado, y lo lanzó contra esta. Instintivamente, el lanzamiento estaba embargado de una rabia superficial.

Se introdujo al fin en la casa, entrando en el baño de azulejos verdes. Lo primero que hizo fue dirigirse al cuarto de sus padres y taparlos con las sábanas, sin ceremonias, sin melodramas. Por un momento pensó que decaería, que se echaría a llorar, pero apretó los dientes, respiró hondo, y pensó en que debía ser fuerte.

Metió en bolsas de plástico todas las latas de conserva que les quedaban, así como los botes de espárragos, pimientos y otras verduras y hortalizas, y botellas de agua. Las garrafas las dejó, no era necesario llevar tanto peso. Subió a su habitación y se hizo con toda la ropa que sus brazos le permitieron acumular. Cogió sus otros cuatro pares de calzado y los soltó junto al resto de previsiones. Después, por supuesto, de todos los libros que tenía, seleccionó los que más le habían gustado y todos los que no se había leído aún, porque si había algo que le gustara de verdad, eso era leer.

Volvió a introducirse por la Ventana de Emergencia. Buscó un inflador e hinchó la rueda de la carretilla herrumbrosa. Tras varios segundos de irritantes chirridos, el niño consideró que la rueda estaba lo suficiente dura, y se dispuso a arrojar todas las cosas desde el baño. Algunas cayeron fuera de la cesta de la carretilla. Luego las recogería. Antes tenía que hacerse con algo más.

Entró de nuevo en la habitación de sus padres evitando mirar hacia la cama, y buscó en el cajón de la mesilla del hombre un par de pañuelos de trapo.

Los cuerpos que se pudrían en el exterior impedían respirar con normalidad.



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