domingo, 22 de febrero de 2015

El gato negro

¿Qué esconden los gatos tras esa inteligente mirada?



—Sí, está usted embarazada.

Eso fue una semana después de la fecha en la que tenía que haber recibido la visita de la siempre puntual «Malvada Roja», y tras las náuseas.

Luego vino el gato.



Habíamos estado intentándolo desde que Fer vino a vivir conmigo. A mi casa del pequeño pueblo de Villanúa, Aragón.

No estábamos casados; a ambos nos hacía ilusión que nuestra hija —sería una niña, estaba convencida— nos precediera en la entrada con un vestidito deslumbrante mientras arrojaba florecitas con aire inocente.

Fer también quería una niña. Decía que las niñas eran menos contestonas, más dulces, y sobre todo, deseaba protegerla de cualquier niñato que intentara acercarse a ella y contemplar el estúpido semblante asustado que se les quedaría cuando les preguntara «¿Qué intenciones tienes con mi hija?» Muy normal en él, protector como era. A veces incluso demasiado. Pero aún así le quería, pues era cariñoso y muy inteligente, y aunque yo era una mujer del siglo veintiuno, independiente, me gustaba recibir su protección más de lo que me atrevía a reconocer.

Llevábamos saliendo cinco años. Seguíamos disfrutando de nuestra compañía juntos, a solas, pero yo siempre había querido tener un hijo; desde muy pequeña, cuando mi habitación parecía el Museo Internacional de los Bebés. Todos los años, para reyes y mi cumple, pedía un muñeco, a cada cual más moderno y por tanto más real. En mi adolescencia esta obsesión decayó, sin desaparecer del todo. Al contrario que a muchos jóvenes, a mí me entusiasmaba la idea de tener un hijo, de criar a una criatura con mis mismos genes, de dar vida a una parte de mí.

Fer, por su parte, había sido un clon adolescente más, con sus vicios, sus fiestas, sus pensamientos liberales y egocéntricos, y además de los macarras. Sin embargo, como él decía, lo que a mí me hiciera feliz, a él le haría feliz, y por tanto, si estaba en sus manos, lo cumpliría. Y su insaciable instinto protector siempre pedía más, por lo que estaba claro que estaría con conmigo en la decisión de ser uno más.

Un mes después de mudarse, algo fallaba en mi cuerpo. Acudí al hospital de Jaca sin ni siquiera comprobarlo primero mediante un predictor —me parece repulsivo mear sobre un palo que sostienes con las manos— y me confirmaron lo que sospechaba y anhelaba. Aquel fallo en mi cuerpo se trataba del fallo más hermoso del mundo, el fallo que abría la puerta a una nueva vida.



—¡Estoy embarazada, cariño!

No podía resistirme más. Lo había intentado, pero finalmente fui vencida por la tentación, aliada con una intensa emoción que salía por mis ojos y rodaba por mis mejillas.

Jamás había hablado por teléfono mientras conducía. Era consciente del peligro, pero en esta ocasión tuve que hacer una excepción. Además, ya había entrado al pueblo, cuyo límite de velocidad no excede de cincuenta kilómetros hora y cuyas calles son tranquilas; apenas había gente caminando por ellas o coches circulando. Parte de esto se le atribuía a la baja densidad de población, pero también al intenso frío, cosa que al contrario de muchas personas, yo amo.

—¿En serio? —gritó Fer feliz. Un grito demasiado alto que me obligó a apartar ligeramente el teléfono.

—Sí, cariño. Lo hemos conseguido. Vamos a tener un bebé –sollocé. Poco a poco iba olvidándome de la carretera, aunque siguiendo mi camino firmemente como ocurre cuando has recorrido un itinerario infinidad de veces.

—No me lo puedo creer, cielo. E-Estoy…, estoy —Apenas podía hablar. Oía su respiración agitada. Se emocionó más de lo que yo esperaba, y eso me colmó aún más de alegría.

—¿Qué ocurre? —Una voz familiar al otro lado de la línea. Se trataba de José, su compañero de trabajo. En esos momentos se encontraban realizando una instalación eléctrica en una de las miles de casas que se estaban construyendo sin control.

—¡Voy a ser padre, José!

En ese preciso instante, algo se cruzó por delante del capó de mi pequeño Peugeot 206. Una ráfaga negra. Aquello me devolvió al interior del coche, y con el corazón entre mis labios, giré bruscamente el volante y fusioné mi pie derecho con el pedal del freno para no golpearlo. Las ruedas traseras derraparon con un áspero rasgado como si hubiese roto un pedazo de tela, y fue entonces cuando me di cuenta que estaba en el camino de entrada de mi casa. Era de tierra, por eso las ruedas no chirriaron, y me quedé mirando en dirección contraria, con los brazos tensos aferrando al volante, mis ojos azules fuera de sus órbitas y mi respiración y corazón a mil por hora. 

Al cabo de un rato, escuché la lejana voz de Fer. Cogí el móvil y no fui capaz de decir una palabra.

—¡¿Qué ha pasado?! —preguntó alterado y muy asustado—. ¡Elsa, por Dios, dime algo! ¡¿Qué ha pasado?! ¡Te he oído chillar!

Así que había chillado. Comprobé que no me había orinado antes de contestar.

—Un gato, creo. Se me ha cruzado un gato al entrar al camino de casa. N-No le he visto.

—¿Estás bien?

—S-Sí. Asustada todavía. Pero no me ha pasado nada.

—Está bien. Ahora mismo voy para allá. Me inventaré una excusa.

—No hace falta, Fer.

—Sí que la hace. ¿Dónde está ese maldito gato?

—No lo sé.

Miré a través de la ventanilla del coche salpicada de barro —había estado lloviendo la noche anterior—, y solo vi verde y más verde. Montañas y árboles que rodeaban mi casa. Ni rastro del gato.

Aunque por desgracia, ese no fue mi único encuentro con él.



La segunda vez que lo vi fue ese mismo día por la tarde, sobre las cinco y trece minutos, más o menos.

Fer había vuelto al trabajo después de un intento frustrado en la búsqueda del gato y de comer conmigo, y yo estaba sumergida en una traducción de una página web que debía acabar para el día siguiente, cuando algo veló ligeramente la iluminación de mi despacho.

La mesa en la que trabajaba se encontraba de espaldas a la ventana. Las cortinas estaban recogidas, la persiana alzada, y las contraventanas de madera abiertas para tener la mayor luz posible en ese día nublado que amenazaba con llover de nuevo. De repente, como si una nube hubiese tapado el sol, percibí un ligero cambio en la iluminación, y me di la vuelta.

Un gato negro como la misma noche, me miraba con unos sagaces ojos amarillos. «¿Me está sonriendo?», pensé. Asombrada me levanté de un salto y dejé escapar un grito ahogado, llevándome la mano a la boca. Mi cadera impactó contra el borde del escritorio, y el bote que contenía lápices y bolígrafos cayó al parqué. El sonido hueco me sobresaltó, profiriendo, esta vez sí, un leve chillido.

El gato, por el contrario, parecía estar tranquilo, ahí sentado sobre el alfeizar, tan negro como una pesadilla, e incluso parecía… ¿disfrutar?

No. Mi mente me estaba jugando una mala pasada, como haría más adelante. ¿Por qué me comportaba así? ¡Era solo un gato! Yo no le tenía miedo a nada; o a casi nada. Lo achaqué a los síntomas del embarazo.

Más calmada, me dispuse a recoger los lápices y bolígrafos, y al volver la vista a la ventana, el gato había desaparecido.

Le conté esto a Fer cuando llegó a las ocho de la noche. Inmediatamente, furioso, salió de casa con una linterna y un abrigo y recorrió los alrededores. También se adentró un poco en el bosque de detrás de la casa. No halló rastro alguno del gato.

No pudimos preguntar a los vecinos si le habían visto puesto que no teníamos vecinos. Nuestra casita de piedra se encontraba alejada del pueblo, cerca de una enorme montaña repleta de árboles. Estábamos rodeados de naturaleza verde. Los animales del bosque eran nuestros únicos vecinos, y al parecer también ahora el gato.

A partir de ese día, conforme mi barriga iba creciendo, el gato se presentaba todas las mañanas y todas las tardes en la ventana de mi despacho. Yo, cautelosa, abría la ventana con la escoba en la mano y este salía disparado hacia el bosque.

Fer nunca lograba dar con él cuando le buscaba al llegar a casa, cada vez más furioso.



Soñaba felizmente con mi bebé recién nacido. Era lo más bonito del mundo. Fer estaba a mi lado, abrazándome, y los tres sonreíamos. Entonces, la sonrisa del bebé me resultó tremendamente familiar, y la reconocí. Era la sonrisa de aquel gato negro. Y sus ojos… ¡Sus ojos eran amarillos!

Me desperté sudando, con la respiración agitada. Al contrario de lo que pasa en las películas, no me doblé sobre mí misma, simplemente abrí los ojos aterrada y permanecí mirando el techo, salpicado a ratos por un brillante destello de luz; se avecinaba tormenta. Daba igual que hubiesen pasado ocho meses y medio, ahí, ese era el clima habitual.

Pensé en la pesadilla, y solo logré recordar al maldito gato. Fer dormía plácidamente, soltando tímidos ronquidos.

Fue al recordar al felino, cuando empecé a notar algo en mi enorme barriga. En su interior estaba Zaida. En su exterior, sobre ella, dos puntos amarillos atravesando la oscuridad. El gato. ¿Cómo había entrado?

—¡Feeer! —grité de inmediato.

El gato no se movió. Fer sí, y en un acto reflejo, rodó sobre su espalda y dio un potente manotazo al animal. Más tarde me confesaría que el primer punto al que había mirado había sido su barriga, debido a la tensión del Gran Día que se acercaba.

El gato cayó al suelo emitiendo un grotesco y leve maullido.

Fer encendió la luz, se levantó, levantó la percha vacía de pie, y comenzó a golpear el suelo, el cual producía un sonido apagado muy diferente al del parqué. Yo cerré los ojos y me tapé los oídos, encogiéndome en la cama.

Entonces ocurrió. Una dolorosa contracción. Y humedad en mis muslos. ¡Estaba de parto!

Avisé a Fer gritando, y tras unos segundos de conmoción con la percha inmóvil sobre su cabeza, reaccionó y fuimos al hospital, olvidándonos de aquel gato por el que casi tuve un accidente. Aquel gato que me vigilaba mientras trabajaba. Aquel gato que se sentó siniestramente sobre mi barriga mientras dormía.



Dos días después regresamos a casa. Era bien entrada la tarde y las nubes al fin daban un respiro al cielo y pudimos ver un bonito sol anaranjado tratando de esconderse tras las montañas.

Zaida era una niñita preciosa que enseguida se ganó mi corazón, naturalmente. Yo decía que se parecía a Fer; Fer decía que se parecía a mí. Entre mis familiares la opinión era dispar, pero ganaba la que coincidía con la mía. Era igual de bella que su papá.

En cuanto al gato, volvió a surgir en nuestros pensamientos al entrar en la fría casa. Zaida había ocupado todo el espacio mental hasta ese momento. Estábamos tan ilusionados que Fer no me dejó sola ni un instante en el hospital ni yo se lo hubiera permitido.

—Espera aquí —me dijo. Y se dirigió a la habitación, donde estaba la cuna, para limpiar—. Pero ¿qué?

Escuché su voz quebrada, y sin dudarlo, me dirigí hacia allí.

Fer se hallaba mirando fijamente una mancha de sangre y un ojo amarillo medio podrido. Me imaginé que le había aplastado la cabeza, lo que hacía más difícil asimilar aquello. Salvo el ojo, no había ni rastro del gato negro.

De repente, un olor apestoso contaminó la atmósfera. Desde detrás nuestra, una risita ronca erizó nuestro bello. Zaida arrancó a llorar.

Fer y yo nos dimos la vuelta mirándonos a los ojos desorbitados.

—¡Miaaauuu! —profirió la mujer vieja, de pelo gris ralo y sucio, y sin ojo, vestida de negro. Luego alzó su mano, y antes de que Fer pudiera hacer algo, caímos inconscientes al suelo.



Me desperté en el hospital, desorientada. Cuando me confesaron que mi hija había desaparecido y que Fer había muerto, chillé hasta desgarrarme la garganta y me negué rotundamente hasta tal punto de creer realmente estar junto a ellos.

No me culparon a mí de los hechos porque hallaron huellas de barro y sangre de una tercera persona. Huellas que nosotros no vimos al entrar.

Ahora el doctor que me atiende en el centro psiquiátrico me pidió que escribiera todo lo que recordara con el fin de hacerme entrar en razón. Yo lo he hecho, pero sigo creyendo mi versión. La de que lo de la mujer vieja fue producto de mi imaginación cansada y terror ilógico por aquel gato, el cual se habría llevado algún animal del bosque, y que caí al suelo agotada de cansancio.

Y sigo creyéndolo porque aquí a mi lado, mientras escribo esto, mi Zaida me sonríe desde la cuna, y mi Fer me abraza, protegiéndome como ha hecho siempre. 


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