lunes, 12 de enero de 2015

Scarlett

Hay amores que tienen un precio muy alto 


No se percató de que estaba en problemas hasta que no estuvo dentro. Tan dentro que apenas podía moverse. Y respirar… Oh, respirar era como si un saco de cemento se posara macabramente sobre su pecho, impidiéndole alzarlo hasta el límite natural, como si chocara contra una pared y retrocediera de nuevo llevando consigo mucho menos del ya escaso aire que había cogido. Un aire cálido, que parecía arder al pasar por los orificios de su nariz. Un aire que, además, poseía algo extraño…, extraño pero familiar, y que aun así, el hombre era incapaz de identificar en esos tensos momentos, en los cuales, su prioridad era salir de esa agobiante oscuridad en cuanto antes.

Había tratado de incorporarse alzando la parte superior de su torso, pero algo duro se lo impidió —«¿Una estantería?», pensó— al golpearle fuerte e inesperadamente en lo alto de la frente, allí donde en una época anterior había lucido el nacimiento de un flequillo negro como aquella oscuridad y causante del espectacular contraste entre los ojos azules, dúo que antaño le había proporcionado tantas chicas como había querido, y del que ahora apenas quedaba la más mínima sombra.

Había realizado un absurdo intento por coger el móvil, aquel que le costó unos jodidos doscientos euros, pagados en efectivo, y que había empezado a sentir

(enterrado)

hundido entre la blanda carne de su glúteo derecho cuando lo recordó, como suele ocurrir con el dolor de una herida. En aquellos momentos no se arrepintió de haberse gastado un dineral en un teléfono con el que no se llevaba muy bien. Aunque el tierno momento duró poco. Porque no le sirvió de nada acordarse; no pudo cogerlo.

Tenía las manos inmovilizadas. O lo que es lo mismo, tenía las manos atadas. Y jodidamente apretadas. Y para complicar aún más la situación, a su espalda.

En este momento fue cuando realmente el miedo estalló en su estómago, en su pecho, atravesándolo, filtrándose entre sus costillas y apresando su corazón, contaminando toda la red de su sistema nervioso y encendiendo una intensa vibración. Por cierto, también estalló en su vejiga, aunque el hombre permitió que se le escapara solo una gotita de orina.

Entre violentos temblores había hecho múltiples y dolorosos intentos de liberarse. Había restregado sus manos con el fin de aflojar la brida —su mente sumergida en el lodo del terror, y alejada a miles de kilómetros del sentido común, no le informó de que era imposible aflojar aquella correa de plástico—, hasta sentir fuego en las muñecas y líquido caliente, un líquido que le había dejado las manos pegajosas al secarse.

Inmediatamente después, la mezcla de terror y frustración explotaron al fin, expulsando metralla de paranoia, la cual recorrió todo su cuerpo, siendo liberada a través de la boca y de las piernas.

Conforme gritaba hasta desgarrarse la garganta, lanzaba puntapiés con la reducida fuerza que le permitía la posición de sus piernas, ligeramente flexionadas. Las rodillas rozaban la parte superior del

(ataúd)

diminuto lugar en el que yacía, y la puntera de sus… «¿zapatillas de estar por casa?»… se aplastaban contra la pared posterior, por lo tanto, tenía de margen para coger impulso hasta que la

(tapadera del ataúd)

parte superior impedía seguir retrayendo las piernas que, era tan pronto, que las punteras apenas se desplazaban unos centímetros de su obstáculo. Así pues, el único premio que obtuvo de aquel esfuerzo fue un extremo agotamiento y una dolorosa rotura de uña en los dedos gordos de ambos pies.

Tras ese arrebato de locura, trató de calmarse… y pensar, ordenar sus pensamientos para ver si le conducían hacia donde estaba en esos momentos, lugar cuya imagen él mismo evitaba que se formara en su mente. Una tarea imposible, puesto que es bien sabido que cuanto más tratas de alejar algo de tu jodida cabeza, más se empeña en aparecer en esta. El inconsciente puede llegar a ser un cabronazo capaz de construir una especie de cama elástica en lo más profundo que haga rebotar una y otra vez la idea que intentas eliminar de la consciencia.

Cerró los ojos —por alguna razón, los pensamientos fluyen mejor con los ojos cerrados— y se envolvió en una oscuridad un tanto diferente de esa en la que se encontraba. Se

(enterró)

sumergió en esa oscuridad estrellada y mágica que se halla tras los párpados.

Esas estrellas se transformaron en primer lugar en su mujer… bueno, en su exmujer. Scarlett, una bella venezolana, esbelta, morena, con unos enormes ojos oscuros que aceleraban la sangre del cuerpo cuando te miraban, en cuya piel tostada y suave el sol dejaba su huella a la altura del sujetador y de las braguitas del bikini, zonas que permanecían ligeramente más claras, pero no mucho.

Scarlett se había enamorado extrañamente de él. Quién iba a decir que una chica como ella se fijaría en un hombre como él, de cincuenta y siete años de edad, achatado, calvo, con un increíble parecido a Dani de Vito. Pero sí, así lo hizo.

La conoció en el bloque de pisos para el que estaba trabajando como administrador de finca. Ella era una de las propietarias. Vivía en el bajo C, del bloque número 13, y siempre que él acudía al edificio, se la encontraba y cruzaban las miradas. Hasta que un día ella le habló y quedaron para cenar. A partir de ahí, todo fue muy rápido. Scarlett se mudó a su enorme chalet en un pequeño pueblo y vivieron felices y comieron perdices durante un año y medio. Sin embargo todo se torció cuando ella sacó el gran tema tabú: el de casarse.

La palabra «tabú» le sacó de sus pensamientos, puesto que rimaba con el lugar en el que creía estar y no se atrevía siquiera a reconocer. Por lo que de inmediato volvió a cerrar los ojos —al mismo tiempo que ese familiar y empalagoso olor se filtraba de nuevo en los orificios de su nariz— y continuó intentando dar luz a alguna pista que le hiciera comprender cómo demonios se había metido en ese problema.

La primera idea que se le pasó por la cabeza al escuchar a Scarlett fue la del interés, y toda su virilidad, todo el orgullo que nació cuando ella le habló por primera vez en aquel portal, sufrió una muerte súbita. Por supuesto que aquella vez esa opción cruzó su mente como un coche de carreras por delante de la grada en la que estás sentado, y al igual que esos coches, la opción fue fugaz, apenas líneas difusas con la aparente forma de lo que representan, y de inmediato, aquel ego que había sido debilitado por una fuerte depresión, se negó a reconocer que esa bella joven se había fijado en él por su dinero, agarrándose a su suerte y negándose a soltarla.

De nuevo otra palabra le hizo regresar. Esta vez no logró identificarla, pero sabía que se encontraba en aquel estúpido símil de los coches de carreras. En algún momento, una de las palabras le había sacudido el cerebro como un niño las faldas de su madre para que le preste atención, haciéndole salir súbitamente de sus recuerdos y despertando de nuevo el sentido del olfato y por primera vez el del oído.

Aquel olor se hizo más intenso aún, acomodándose en su garganta… y escuchó una especie de zumbido. La fuente del olor, al igual que la identidad de este, seguía sin poder identificarlo, pero el zumbido…

«Dios mío… Estoy bien jodido», pensó conforme regresaba de nuevo el acceso de desesperación y locura.

—¡Sacadme de aquí! ¡Socorro! ¡SOCORROOO! —gritaba su garganta desgarrada, acompañada de inútiles puntapiés e impotentes forcejeos de las muñecas contra la afilada brida—. ¡QUE ALGUIEN ME AYUDEEE!

Estuvo de este modo durante al menos diez minutos. Diez horrorosos minutos en los que sentía cómo se desgarraban como pellejos ya no solo las uñas de los dedos gordos de los pies, sino las de todos los dedos, al igual que la piel de sus muñecas.

Poco a poco fue quedándose sin voz. El grito se convirtió en graznido, y este en gemidos afónicos. El cansancio del acto frenético se posó sobre él, y sus pulmones, escasos de aire, demandaban una cantidad de oxígeno que apenas llegaba a la mitad del que había ahí dentro.

Lo que había provocado ese nuevo ataque —haciéndole olvidar la palabra que le había encendido el sentido del oído—, había sido la fuente del zumbido. Lo primero y único que pensó fue que lo había provocado una excavadora.

Una excavadora que estaba, o bien sacando tierra para crear un profundo hoyo, o bien echándole la tierra encima.

Mientras trataba de respirar con inmenso esfuerzo, inspirando por la nariz, exhalando por la boca, como hacía cuando salía a correr en los tiempos del flequillo negro (hacía más o menos treinta y nueve años), se obligó… no, se exigió como última voluntad —sabía que sería imposible salir de esas y había aceptado, de una manera casi inconsciente, que iba a morir asfixiado— descubrir al causante de aquella situación. Porque quién sabe, él no era muy religioso, para él la iglesia era una madriguera en la que se escondían las ratas más despreciables de la sociedad, pero quizás no estuviera del todo en lo cierto y sí había algo al final del dichoso túnel, y entonces comenzaría su Gran Momento, llegaría la hora de actuar, de atormentar al culpable, comenzaría la caza.

Con una macabra sensación de alivio y alegría, se percató de que no tenía que

 (escarbar)

ahondar más en su búsqueda, que no tenía que mancharse mucho más las uñas de sus dedos. Tenía claro quién había planeado todo aquello. Él se consideraba una persona extremadamente inteligente, de hecho, creía que era la única persona con dos dedos de frente en todo el mundo, y ni siquiera la depresión que le hundió en el alcohol antes de conocer a Scarlett («Oh, Scarlett») tras divorciarse de su primera mujer llegó a cubrir su ego, de hecho, podía decirse que este fue el causante de la afección. No, definitivamente no era estúpido…

«¿A no? Entonces cómo es que estás ah…?» Rechazó esa voz como se rechaza una mosca.

…, aunque de todos modos no había que ser muy inteligente para darse cuenta de quién era el causante de todo aquello, de quién le había metido en aquel ataúd («¡Sí, ataúd!», pensó al fin sin temor).

—¡No me da miedo pronunciar esa puta palabra! —gritó a la oscuridad, rebotando la voz a escasos centímetros de sus oídos y resonando en estos con potente estrépito—. ¡Ya no! ¡Mira: ATAÚD! ¡A-TA-ÚD! —Empezó a reír con nerviosismo, absorbiendo un aire pesado—. ¡Sé que has sido tú, maldita zorra hija del puto demonio! ¡Sé por qué te arrimaste a mí, sé por qué te casaste conmigo; al final me convenciste mediante un extraño hechizo, bruja, zorra! ¡Sé que lo único que querías era mi dinero! ¡¿Cómo no pude verlo?!

«Sí, ¿cómo no lo viste? Eres muy inteligente, ¿recuerdas?»

—¡FUE EL HECHIZO! —respondió casi sin aliento a su propia voz interior—. ¡Ella me hechizó con su belleza, una belleza que ahora sé que es solo fachada!

«¿Te hechizó? ¿Por qué no dejas de decir tonterías? Tú fuiste el único culpable. Tú y tu estúpido ego»

—¡Debajo de esa puta piel suave hay cuernos y garras!

«¿En serio?»

—¡Garras y cuernos que acabaron con los más de diez hombres con los que se casó antes que yo! —Su voz comenzaba a morir debido a la necesidad de oxígeno. Respiraba frenéticamente, sus pulmones emitían un grotesco sonido sibilante. Su voz se apagó del todo, y aunque las palabras se formaban en su cerebro y este las enviaba a su lengua, estas se quedaban a medio camino, atascadas en la garganta, incapaces de salir al exterior; aun así, él movía los labios mudos.

»¡Tú me lo contaste, ¿recuerdas?! ¡Hace dos noches! ¡Me lo contaste, querías que lo supiera! ¡Tú lo querías! ¡Querías que lo supiera, pero ¿por qué?!

«Piensa un poco más. Sigue, lo estás haciendo muy bien, colega. Sigue.»    

—¡Me extrañaron tantos matrimonios en tan poco tiempo!… ¡Por favor, pero si tienes veintinueve años!... ¡A partir de entonces traté de averiguar algo más sobre ti, me di cuenta que no sabía apenas nada! ¡¿Y sabes qué?! ¡¿SABES QUÉ?!

 «Venga, dilo. Lo estás deseando.»

¡Busqué por internet las fechas de tus divorcios y qué casualidad, coincidían… coincidi…!

 «¡PREMIO!»

De repente, un chispazo estalló en su cerebro. El chispazo fue provocado por aquel familiar olor, y este había abierto la espuma que cubría la conexión entre el olor y la imagen de su fuente como un chorro de agua directo en el centro. Un pino salió del archivo de sus imágenes. Y a su vez, el pino se transformó en un dibujo simple y simbólico de este, y por encima de este dibujo, surgió un espejo retrovisor. Y esa imagen, como un efecto mariposa, transformó el zumbido de la excavadora en el zumbido del motor de un coche, y el ataúd en…

—¡Coincidían con el hallazgo de los cuerpos de diez hombres dentro del maletero de sus coches en la profundidad de un lag…!

Las palabras al fin lograron salvar el impedimento de la garganta, mojarse en su lengua seca y salir, apagadas, pero salir al fin y al cabo, no obstante, algo frío, muy frío, empezó a rozarle las manos bajo la espalda, al igual que esta y los pies destrozados y enfundados en las zapatillas de estar por casa de su equipo de fútbol. La mente se le quedó en blanco por la impresión del agua helada clavándose ahora en los huesos de su costado, en la grasa de su prominente barriga, en la delgada piel de su cuello y papada, enredándose en el pelo de la parte trasera de su cabeza e inundando, al fin, la coronilla calva, su boca, los ojos inyectados en sangre y colapsados… y su nariz, la cual dejó de absorber afanosamente el reducido y casi agotado oxígeno, para dar paso a la esencia de la vida.


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